Meditación Domingo 28ª t.o. (C)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
Ser agradecidos

«Y sucedió que, yendo de camino a Jerusalén, atravesaba los confines de Samaria y Galilea; y, cuando iba a entrar en un pueblo, le salieron al paso diez leprosos, que se detuvieron a distancia y le dijeron gritando: «Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros». Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes». Y sucedió que mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, se volvió glorificando a Dios a gritos, y fue a postrarse a sus pies dándole gracias. Y éste era samaritano. Ante lo cual dijo Jesús: «¿No son diez los que han quedado limpios? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino sólo este extranjero? Y le dijo: Levántate y vete: tu fe te ha salvado» (Lucas 17,11-19). 

I. Jesús, en su último viaje a Jerusalén, al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos que se detuvieron a lo lejos, donde se encontraba el Maestro y el grupo que le acompañaba, pues la Ley prohibía a estos enfermos (Levíticos 13, 45) acercarse a la gente. Y levantando la voz, dirigen a Jesús una petición llena de respeto que llega a su Corazón: Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros. Les manda ir a mostrarse a los sacerdotes como estaba preceptuado a la Ley (Ídem 14, 2), para que certificaran su curación. Así lo hicieron a pesar que todavía no estaban sanos, y por su fe y docilidad, se vieron libres de la enfermedad. Estos enfermos nos enseñan a pedir: acuden a la misericordia divina, que es la fuente de todas las gracias. Nos muestran el camino de la curación cualquiera que sea la lepra que llevemos en el alma: tener fe y ser dóciles a quienes, en nombre del Maestro, nos indican lo que debemos hacer, especialmente en la Confesión.

II. Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Nos podemos imaginar su alegría. Y en medio del alborozo, se olvidaron de Jesús. En la desgracia se acuerdan de Él y le piden; en la ventura, se olvidan. Sólo uno, un samaritano, regresó con el Señor, glorificando a Dios a gritos. Se postró a los pies del Señor, dándole las gracias. Es ésta una acción profundamente humana y llena de belleza. Ser agradecido es una gran virtud. Jesús esperaba a todos. Y los otros nueve ¿dónde están?, preguntó. ¡Cuántas veces Jesús ha preguntado por nosotros después de tantas gracias. Vivimos pendientes de lo que nos falta y no nos fijamos en lo que tenemos y nos quedamos cortos en la gratitud. Toda nuestra vida debe ser una continua acción de gracias. Recordad las maravillas que Él ha obrado (Salmo 104, 5), nos exhorta el Salmista. El samaritano, por ser agradecido se ganó el incomparable don de la fe. Los nueve leprosos desagradecidos se quedaron sin la mejor parte que les había reservado el Señor.

III. Muchos favores del Señor los recibimos a través de las personas que tratamos diariamente, y por eso, en esos casos, el agradecimiento a Dios debe pasar por esas personas que tanto nos ayudan a que la vida sea menos dura, la tierra más grata y el Cielo más próximo. De modo particular, nuestra gratitud se ha de dirigir a quienes nos ayudan a encontrar el camino que conduce a Dios. No dejemos pasar un solo día sin pedir abundantes bendiciones del Señor para aquellos, conocidos o no, que nos han procurado algún bien. Jesús se siente dichoso cuando nos ve agradecidos con Él y con los que nos favorecen diariamente.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
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