Último post sobre la reforma de las facultades de teología


La foto es de un pergamino usado, siglos después, para reforzar el lomo interno de un volumen. En una parroquia mía, me encontré un caso así de reutilización.

Para acabar este tema de cómo serie el modo óptimo de estudiar la teología, me gustaría añadir un ejemplo. En muchas universidades, llega el profesor al aula, da su clase y se marcha. La tutoría solo es una palabra sin realidad alguna que le dé contenido alguno. Peor todavía si el profesor se limita a leer lo que lleva escrito.
Muy frecuentemente una clase es un grupo de estudiantes que copian. Por supuesto que hay materias que no se prestan a este modo funcionarial, aburrido, de dar una clase. Pero en la teología esto lo he visto en diversos lugares, en diversas universidades, con distintos profesores.
Ahora bien, imaginemos que se dan bien las clases: que hay amenidad, participación, que pone interés el profesor. Incluso así, se puede dar un paso adelante: es el modo, por ejemplo, de los colleges de de Oxford. Es otro modo distinto de ejercer la docencia, un paso adelante. Dejando aparte el modo de proceder de esos tutores oxonienses, es que los mismos collegesya, de por sí, implican un modo distinto de vivir el tiempo de universidad.  
Lo mismo debería existir con el estudio de la teología. No puede ser que algo tan grande se reduzca a leer durante cincuenta minutos mientras los alumnos copian. Pero es muy difícil que se consiga para lo teológico lo que se ha conseguido en Cambridge u Oxford, porque siempre se alegará una intromisión en la vida personal de los alumnos. Todo lo que vaya más allá de dictar una clase será denunciado como una invasión del campo personal.
Cualquier reforma, en este sentido integral, contará con una tensión entre un perfecto laissez faire y la acusación de hacer monjes de los estudiantes, las reformas se moverán en la acusación de confundir el fuero externo y el interno, entre el respeto a la libertad y de mantener el sistema consagrando el individualismo.
No, no estoy pensando que haya que hacer monjes de los estudiantes de bachillerato de teología, de licenciatura o de doctorado. Ya me gustaría conseguir algo parecido al sistema de Oxford.
Voy a poner un ejemplo que solo tiene similitudes. Si un occidental quiere aprender budismo en un monasterio zen durante un año, no puede limitarse a llegar, escuchar a un maestro y tomar notas. Con toda razón, le dirán que si quiere aprender el budismo tiene meditar con los monjes, comer con ellos, trabajar allí en labores humildes. Y solo viviendo y practicando el budismo podrá aprender la doctrina del maestro que le enseñe. Le dirán eso y con toda razón.
El estudio de la teología se ha transformado, en esencia, en una cuestión de libros. No era así al principio, en los primeros siglos. Pero ahora se estudia en el día del Señor, hay estudiantes que se acuestan tarde, que pasan nervios en el examen y el estudio se convierte (sobre todo en la licenciatura y doctorado) en una actividad que, a no pocos, les cansa y que les obliga a tomar un descanso total durante un tiempo. No es un placer, no es un gozo, es un trabajo en muchos casos estresante.
La ruptura entre oración y estudio, en muchos casos –lo he visto–, pasa de ser una división a ser una pugna. El tiempo dedicado a la oración lo saco del estudio, y viceversa. Hay excepciones a todo esto, sí. Pero la desviación esencial del modo de estudiar es lo normal. Y ya he dedicado varios posts a denunciar que hay no pocos trabajos de licenciatura y doctorado en teología que se pueden calificar tan solo de desecantes e inútiles. Tan nulos de provecho alguno para la teología, como un verdadero desierto para el que lo realiza.
Pondré dos ejemplos, de entre muchos y de distintos tipos que se podrían poner. ¿Qué sentido tiene encerrar en un extenso archivo de un monasterio frnacés del siglo XVI a un estudiante que va a dar clases de Historia de la Iglesia en unos jóvenes seminaristas de Nigeria? Años de trabajo, para hacer una obra monumental que no va a suponer mejora alguna en su futura labor. Miles y miles de horas empleadas para producir otro libro para otro archivo.
¿Qué sentido tiene que un doctorando que se va a dedicar a dar clases de patrística a un grupito de seminaristas en Cuzco (ejemplo hipotético) dedique años de trabajo, miles de horas, a realizar un estudio sobre una palabra griega (sin ninguna importancia) en Firmiliano de Cesárea, que lleva muerto desde el siglo III? Evidentemente, no tiene ningún sentido.
Son meros ejemplos de cómo las facultades, en muchos casos –no siempre, por supuesto–, se han convertido en maquinarias con una dinámica propia cuyos fines no son los de la Iglesia, en general, o los de los estudiantes, en particular.
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