Meditación Domingo 23º t.o. (C)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
Examinar la conciencia

«Iba con él mucha gente, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a la esposa y a los hijos y a los hermanos y a las hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla?, no sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, diciendo: "Este hombre comenzó a edificar, y no pudo terminar". O ¿qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14, 25-33).

I. En el Evangelio de la Misa nos habla el Señor de las exigencias que lleva consigo el seguirle. Ser discípulo de Cristo, procurar seguirle fielmente en medio de nuestras ocupaciones, es la empresa suprema que ha de acometer todo hombre. Necesitamos conocer los bienes que poseemos y saber utilizarlos, ser conscientes de aquello que nos falta, arrancar y tirar lo que estorba. Ésta es la misión del examen de conciencia. Si lo hacemos bien, con hondura, nos lleva a conocer la verdad de nuestra vida. Los buenos comerciantes hacen balance cada día del estado de sus negocios: nuestro gran negocio, en cada jornada, es la correspondencia a la llamada del Señor. No existe nada que nos importe tanto como acercarnos más y más a Cristo. Es el amor lo que nos mueve a examinarnos y da esa particular agudeza al alma para detectar aquellas cosas de nuestro actuar que no agradan a Dios. Hagamos el propósito para todos los días de “hacer a conciencia el examen de conciencia” (A. DEL PORTILLO, Carta).

II. Para hacer a conciencia este balance al terminar la jornada, será de gran ayuda fomentar a lo largo del día el espíritu de examen. Debemos ir prevenidos contra “el demonio mudo” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino), que intentará cerrarnos la puerta a la verdad para que no veamos las faltas e imperfecciones, los defectos arraigados en el alma y que intentará disculparnos de nuestras faltas de amor a Dios. Para conocernos con hondura nos ayudará el preguntarnos con frecuencia: ¿Dónde tengo puesto de modo más o menos habitual el corazón?... ¿en mí mismo, en mis cosas? ¿con qué frecuencia acudo a Dios a lo largo del día?; ¿ha sido mío o de Dios este día? Para conocernos de verdad, es necesario que pidamos la humildad, porque sin ella estamos a oscuras. Otro enemigo del examen de conciencia es la tibieza que se manifiesta precisamente en el poco empeño en examinarse. Lucharemos contra ella y la venceremos con la ayuda de la gracia.

III. El examen de conciencia es un diálogo entre el alma y Dios. Al iniciarlo debemos ponernos, en primer lugar, en presencia del Señor. Haremos el examen y consideraremos cómo ha visto el Señor nuestro día. Lo más importante del examen, que ordinariamente durará pocos minutos, es el dolor y la contrición. Brotarán algunos propósitos concretos, quizá pequeños. También veremos las obras buenas del día, y eso nos llevará a ser agradecidos con el Señor. Nos retiraremos a descansar con el alma llena de paz y alegría con deseos de recomenzar al día siguiente ese camino de amor a Dios y al prójimo.

Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
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