Hay que reformar las facultades de teología



En la imagen se ve un remiendo medieval en un agujero del pergamino. Si os fijais, parece que el remiendo se hizo antes de escribir. Porque las palabras esquivan el agujero.

Sigo con los apuntes de las ideas sobre el tema de ayer. Las facultades de teología siguen buscando profesores que sepan mucho sobre la materia. No pocos de esos profesores no tienen buena capacidad para comunicar. Recuerdo unos cuantos de los eruditos que me dieron clase, nadie negó nunca su saber, pero lo cierto es que había una unanimidad en lo malos profesores que eran unos cuantos. No les faltaba conocimiento de la materia. Pero una cosa es saber y otra comunicar.
Fue llamativo que una asignatura la dieron dos profesores, la misma asignatura. Un profesor transmitía calor a las clases, sus explicaciones aparecían llenas de vida, nos entusiasmaba a todos. El otro profesor era frío, distante, muy exigente, y, sobre todo, aburrido. Este segundo siguió dando clases a futuros sacerdotes toda la vida.
Las facultades de teología, os lo puedo asegurar, aunque digan lo contrario, siguen sin haber descubierto, después de veinte siglos, la diferencia entre acumular erudición y saber comunicar.
El estudio de la teología, por parte de los clérigos, debería hacerse viviendo en un lugar que ofreciera una unidad de vida perfecta entre oración, descanso y trabajo. Un lugar que mostrara (incluso de un modo arquitectónico, visual) que el estudio de la ciencia sagrada, si se realiza de un modo óptimo, implica entrar en un nuevo estado: entrar en un tiempo de escucha. No unos años de acumulación de conocimientos y realización de exámenes. Sino entrar en un tiempo de escucha del Señor a través de la teología. La teología como una profundización en el misterio de Dios a través de la patrística, de la moral, de la historia de la Iglesia o de cualquier materia.
Allí está el arte del profesor (un hombre que debe estar lleno de Dios) para hacer entender a sus alumnos la conexión entre Dios y las clases de, por ejemplo, Lógica. Si el profesor enseña griego, será su labor que esas clases se conviertan en un camino de acercamiento a Dios. Y, por supuesto, que se puede hacer.
Tuvimos un profesor, don Manuel Guerra, que era un ejemplo de esto que estoy diciendo. No hacía falta hacer ninguna encuesta: era el profesor favorito de todos nosotros.
Sus clases eran profundísimas a nivel teológico. Todavía me acuerdo de todas sus enseñanzas. Son las que más vivamente recuerdo de aquellos cinco años. Pero, al mismo tiempo, estaban transidas de amor de Dios. Y, encima, eran entretenidísimas.
Ese el caso óptimo. Otro profesor, no daré detalle alguno que permita reconocerlo, daba una asignatura entretenidísima: logró que a todos se nos atragantara su asignatura. Y me acabo de acordar de otro que tenía una materia que era imposible pensar en una que fuera más amena. Puso la mejor voluntad, de eso no hay duda, pero escogió todos los temas más aburridos posibles. ¿Era posible hacer una peor selección que la que hizo? No lo creo.
Pues esto, señores míos, no sé quién me estará leyendo, es lo que hay que remediar.
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