El viaje de Francisco a África: alegría, esperanza y responsabilidad

Andrea Tornielli

El viaje del Papa a Mozambique, Madagascar y Mauricio ha terminado y, de estos días intensos y extraordinarios, quedan impresos en la mente sobre todo los rostros alegres de los niños, mujeres y hombres que acompañaron a Francisco por los caminos, a veces embarrados y a veces polvorientos, de Maputo y Antananarivo, y que animaron -en el verdadero sentido de la palabra- las maravillosas liturgias que se celebraron en los tres países. La alegría que pudieron expresar, a pesar de las dificultades y condiciones precarias en las que muchos de ellos se ven obligados a vivir, tiene algo que enseñarnos a todos. Nos enseña que en el cálculo del bienestar de un pueblo no bastan los parámetros vinculados solo a los datos económicos: la fe vivida, la amistad, la capacidad de relacionarse, los lazos familiares, la solidaridad, la capacidad de disfrutar de las pequeñas cosas, la disponibilidad a entregarse, nunca podrán entrar en las estadísticas.

El momento más emotivo de todo el viaje fue, sin duda, el encuentro con los ocho mil niños de Akamasoa, en el lugar donde antes había un enorme basurero y donde ahora hay pequeñas, pero dignas casas de ladrillo, escuelas, lugares de recreación. La obra iniciada hace unos treinta años por el Padre Pedro Opeka es uno de los muchos tesoros escondidos de la Iglesia Católica en el mundo. Una obra que encarna la esperanza cristiana. Gracias a la dedicación de este misionero, miles de familias han recuperado su trabajo y dignidad, y miles de niños han encontrado un techo sobre sus cabezas, comida y oportunidades para asistir a la escuela. La ruidosa y festiva acogida que los niños de Akamasoa han dedicado al Papa es combustible para el alma. ¡Cuántos Padres Pedro hay en África, Asia, América Latina, pero también en los suburbios más problemáticos de Occidente! Contemplando los rostros de esos niños, felices de haber acogido en su casa al abuelo vestido de blanco que vino de Roma, se encuentra la esencia más profunda de la Iglesia y de su misión: evangelizar y promover al hombre. Evangelizar, eligiendo estar cerca de los más débiles y de los más descartados. Evangelizar testimoniando "la presencia de un Dios que ha decidido vivir y permanecer siempre en medio de su pueblo", como dijo Francisco en Akamasoa. Varias veces en estos días el Papa ha exhortado a los sacerdotes, religiosos y religiosas a reavivar el fuego del auténtico espíritu misionero que no puede prescindir de la cercanía a los que sufren.

Francisco también ha invitado a no considerar la condición de los pobres como una fatalidad: “No bajen nunca los brazos ante los efectos nefastos de la pobreza, ni jamás sucumban a las tentaciones del camino fácil o del encerrarse en ustedes mismos”. Así, el otro hilo conductor que unió los encuentros del viaje fue un llamado a la responsabilidad de los gobiernos, las autoridades políticas y la sociedad civil, para que se puedan tomar nuevos caminos hacia el desarrollo. Caminos innovadores capaces de cuestionar el actual modelo económico-financiero, haciendo protagonistas a las personas en la construcción de un futuro más justo, más solidario, más respetuoso de la dignidad de la vida, de las culturas y tradiciones, más respetuoso de la Creación que se nos ha dado para que podamos transmitirla a nuestros hijos sin saquearla. Mensajes pronunciados en África y para África, pero también dirigidos a todos nosotros.

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