Sobre la importancia del foro interno y la inviolabilidad del sigilo sacramental

Como testimonio de la especial confidencialidad concedida a la dirección espiritual, se debe considerar la prohibición, aprobada por el derecho, de pedir no sólo la opinión del confesor, sino también la del director espiritual, con ocasión de la admisión a las Santas Ordenes o, viceversa, para la renuncia al seminario de los candidatos al sacerdocio (cf. c. 240 § 2 CIC; c. 339 § 2 CCEO). De la misma manera, la Instrucción Sanctorum Mater de 2007, relativa a la realización de investigaciones diocesanas o eparquiales sobre las Causas de los Santos, prohíbe la admisión no sólo de los confesores para dar testimonio de la protección del sigilo sacramental, sino también de los mismos directores espirituales del Siervo de Dios, también por todo lo que han aprendido en el foro de conciencia, fuera de la confesión sacramental9. Esta necesaria confidencialidad será tanto más «natural» para el director espiritual cuanto más aprenda a reconocer y a «conmoverse» por el misterio de la libertad de los fieles que, a través de él, se dirigen a Cristo; el di- rector espiritual debe concebir su propia misión y su propia vida exclusivamente ante Dios, al servicio de su gloria, para el bien de la persona, de la Iglesia y para la salvación del mundo entero. 3. Secretos y otros límites propios de la comunicación. De naturaleza distinta a la del ámbito del foro interno, sacramental y extra-sacramental, son las confidencias hechas bajo el sigilo del secreto, así como de los llamados «secretos profesionales», que están en posesión de determinadas categorías de personas, tanto en la sociedad civil como en la estructura eclesial, en virtud de un oficio especial que desempeñan para las personas o para la comunidad. Estos secretos, en virtud de la ley natural, deben ser guardados siempre, «salvo —dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el n. 2491— salvo los casos excepcionales en los que el no revelarlos podría causar al que los ha confiado, al que los ha recibido o a un tercero daños muy graves y evitables únicamente mediante la divulgación de la verdad».

Un caso particular de secreto es el del «secreto pontificio», que vincula en virtud del juramento relacionado con el ejercicio de ciertos oficios al servicio de la Sede Apostólica. Si el juramento de secreto siempre vincula coram Deo que lo hizo, el juramento relacionado con el «secreto papal» tiene como razón última el bien público de la Iglesia y la salus animarum. Presupone que este bien y las propias exigencias de la salus animarum, incluido, por tanto, el uso de in- formaciones que no están bajo sigilo, pueden y deben ser correctamente interpretadas sólo por la Sede Apostólica, en la persona del Romano Pontífice, a quien Cristo el Señor constituyó y puso como principio y fundamento visible de la unidad de la fe y de la comunión de toda la Iglesia10. En cuanto a los demás ámbitos de la comunicación, tanto pública como privada, en todas sus formas y expresiones, la sabiduría de la Iglesia ha indicado siempre como criterio fundamental la «regla dorada», pronunciada por el Señor y expresada en el Evangelio de Lucas: «Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente» (Lucas 6, 31). De este modo, tanto en la comunicación de la verdad como en el silencio sobre ella, cuando los que la piden no tienen derecho a conocerla, es siempre necesario conformar su vida al precepto del amor fraterno, teniendo ante sus ojos el bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada y al bien común11. Como deber particular de comunicar la verdad, dictada por la caridad fraterna, no se puede dejar de mencionar la «corrección fraterna», en sus diversos grados, enseñada por el Señor. Sigue siendo el horizonte de referencia, cuando sea necesario y según lo que las circunstancias concretas permitan y exijan: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad» (Mateo 18, 15-17).

En un tiempo de comunicación masiva, en el que toda la información se «quema» y con ella, desgraciadamente, también parte de la vida de las personas, es necesario volver a aprender el poder de la palabra, su poder constructivo, pero también su potencial destructivo; debemos asegurarnos de que el sigilo sacramental nunca sea violado por nadie y de que la necesaria confidencialidad relacio- nada con el ejercicio del ministerio eclesial sea siempre celosamente guar- dada, teniendo como único horizonte la verdad y el bien integral de la gente. Invoquemos del Espíritu Santo, para toda la Iglesia, un ardiente amor a la verdad en todos los ámbitos y circunstancias de la vida; la capacidad de conservarla plenamente en el anuncio del Evangelio a toda criatura, la disponibilidad al martirio para defender la inviolabilidad del sigilo sacramental, así como la prudencia y la sabiduría necesarias para evitar cualquier uso instrumental y erróneo de esa información propia de la vida privada, social y eclesial, que puede resultar una violación de la dignidad de la persona y de la misma Verdad, que es siempre Cristo, Señor y Cabeza de la Iglesia. En la celosa custodia del sigilo sacramental y de la necesaria discreción ligada al foro extra-sacramental interno y a otros actos de ministerio, resplandece una síntesis particular entre las dimensiones petrina y mariana en la Iglesia.

Con Pedro, la esposa de Cristo conserva, hasta el final de la historia, el ministerio institucional del «poder de las llaves»; como María Santísima, la Iglesia conserva «todas las cosas en su corazón» (Lucas 2, 51b), sabiendo que en ellas se refleja esa luz que ilumina a todo hombre y que, en el espacio sagrado entre la conciencia personal y Dios, debe ser preservada, defendida y custodiada.

El Sumo Pontífice Francisco, en fecha 21 de junio de 2019, aprobó esta Nota y ordenó su publicación. Dado en Roma, desde la sede de la Penitenciaría Apostólica, el 29 de junio, año del Señor 2019, en la solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Mauro Cardenal Piacenza Penitenciario Mayor

Mons. Krzysztof Nykiel Regente

Notas

1 Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes (7 de diciembre de 1965), n. 22. 2 Benedicto XVI, Carta Encíclica Spe salvi (30 noviembre 2007), n. 22. 3 Francisco, Discurso a los participantes del XXX Curso sobre el Foro Interno organizado por la Penitenciaría Apostólica (29 de mar- zo de 2019). 4 Benedicto XVI, Coloquio con los sacerdotes (10 de junio de 2010). 5 Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia (6 de agosto de 2000). 6 V. De Paolis - D. Cito, Le sanzioni nella Chiesa. Comentario al Código de Derecho Canónico. Li- bro VI, Ciudad del Vaticano, Urbaniana University Press, 2000, p. 345.

7 Tomás de Aquino, Summa Theologiae, Supl. 11, 1, ad 2. 8 (Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Reconciliatio et Paenitentia (2 de diciembre de 1984), n. 31.)* 9 Congregación para las Causas de los Santos, Sanctorum Mater. Instrucción para la realización de investigaciones diocesanas o eparquiales sobre las causas de los san- tos (17 de mayo de 2007), art. 101, §2. 10 cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium (21 de noviembre de 1964), n. 18. 11 cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2489. * la nota num 8, corresponde al Discurso de Juan Pablo II a los miembros de la penitenciaría apostólica y a los pabres penitencieros de las basílicas romanas. Sábado, 12 de marto de 1994. (no a la Exhortación apostólica postsinodal Reconciliatio et Paenitentia)

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