Venezuela, un país donde dividir es reinar, por Alfonso Maldonado

Alfonso Maldonado, caraqueño, es sacerdote desde 1991. Está radicado en Barquisimeto.
Estudió teología en el Teresianum de Roma y está acreditado por la Pontificia Universidad
Católica Santa Rosa de Lima, de Caracas.

Vivo en Venezuela. De por sí eso ya es un acertijo. Vivo queriendo descifrar la realidad. Eso ocurre en cualquier parte del mundo. Quizás lo propio de Venezuela es que lo seguro, lo que se considera seguro, se reduce a una estrecha franja a nuestro alrededor. El patrimonio común de lo compartido y lo percibido siempre es un interrogante. Forma parte de la fractura social. Está en permanente reconstrucción, con algún pedazo que no encaja… o que no encaja ya.

Podrá parecer banal el planteamiento, pero no lo es. Un entrevistado del programa Voces Solidarias, de la Red de Derechos Humanos del Estado Lara, decía que en dicho estado solo el 25% de la población está medianamente informada.

En Venezuela son las redes sociales los principales canales de información. No solo por la inmediatez, sino como forma para eludir la censura. Como muchas cosas en Venezuela, la censura no es abierta. No es tan osado o torpe el régimen. Un preso de conciencia estuvo más de un mes confinado a una comisaría cuyo calabozo, hecho para detenciones de horas antes de otorgar libertad y trasladar a cárceles, tenía unas dimensiones de 2 por 3 metros. En ese espacio estaban 30 personas (y no es el único relato de testigos que he escuchado): mientras unos dormían sentados, otros debían permanecer de pie. Consideraba el protagonista que tal cosa lo hacían los captores para, en base al hacinamiento, provocar reyertas. De esa forma podía provocar efectos similares a los que obtendría a través de torturas ejecutadas por funcionarios, sin que fuera tan evidente. Una manera de pretender evitar cualquier tipo de incriminación por violación de DDHH.

Pero el arte de dividir ahonda el acero perverso en el propio gremio periodístico. Si los medios tradicionales (radio, TV y prensa) languidecen o cierran, los medios digitales han comenzado a florecer. Ellos dicen lo que los tradicionales no pueden decir. Ellos y las cuentas de Twitter e Instagram de periodistas, comunicadores y personas dedicadas a la comunicación. No por tener otras plataformas y otro público están libres de la amenaza y sanción. Un simple tweet de una persona nada conocida puede llevarlo al estrellato detrás de los barrotes. Es el caso de la clarinetista Karen Palacios: esto y su salida de la Orquesta Filarmónica Nacional. Caso no único, pero sí reciente.

En la hora de la política exterior pareciera que en Venezuela nada pasa

La gestión del presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, como presidente encargado ha sido variopinta y zigzagueante. Por supuesto que eso aparece a posteriori. O sea, mientras se escribe la historia no es fácil predecir el resultado de ciertas acciones. Como el movimiento de quiebre militar el 30 de abril Según Elliot Abrams, la inteligencia cubana logró frustrar el movimiento. Pero los slogans del presidente encargado comienzan a desconcertar. El “vamos ya” o “estamos cerca” o “calle sin retorno” parecen perder asidero. Se sigue vociferando el camino por él trazado: cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. Pero en la hora de la política exterior pareciera que en Venezuela nada pasa. Sin embargo, en Venezuela ocurren 56 protestas diarias. Y los sentimientos movilizadores, según la encuestadora Delphos, alcanza el 60% de la población, muy superiores al año pasado, cuando el ambiente era de derrotismo. Más, sin embargo, el mundo político no termina de conectarse con el ciudadano de a pie, la sociedad civil llana.

Comprender a Venezuela es complicado. Ayudarla parece ser que también. No porque el venezolano no necesite la ayuda, sino porque en oportunidades la variedad de expectativas sobre menú de ayudas se reduce a 4 platos principales, sin entrada, postre o contornos. Cuesta trabajo comunicar cómo se ven las cosas desde dentro (las emociones son malas consejeras). Cuesta también trabajo que desde fuera se percibe con realismo la auténtica dimensión de la problemática y la tragedia.

Maduro gana tiempo. Desgasta al mundo y a la Oposición. Deja que sus adversarios se peleen entre sí y que puedan comenzar a pelear con los aliados en el mundo. Puede ser que la geopolítica cambie para el 2020, pues en los demás países sí existen elecciones con alternancias en el poder. El mismo Luis Almagro debe someterse a una reelección.

Queda una duda considerable. En todo este tiempo el régimen solo ha cometido un grueso error: confiar en que Michele Bachelet, por haber sido cercana al presidente Chávez y provenir de la izquierda, iba a presentar un informe complaciente para el gobierno. Recuerdo alguno que dijo que desde el 2002 en Venezuela se estaban violando los DDHH ¿cuál era la novedad del informe? Simple: un organismo multilateral imparcial, de las Naciones Unidas, con un estudio técnico y contrastando los datos, podía decirle al mundo lo que veía que ocurría en Venezuela. No era una recolección de opiniones sino un respaldo a quienes, desde organizaciones de DDHH, acompañamos al pueblo de Venezuela por este laberinto.

Ayer hubo un apagón de varias horas. Justo coincidiendo con el retorno de Venezuela al TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), que tiene unos componentes inclusive de ayuda militar. Sospecho que se repetirá este viernes, pues la llamada a la calle, del presidente de la Asamblea Nacional y encargado de Venezuela, Juan Guaidó, que se salga a la calle. Quitar la luz es una manera de desmovilizar y desanimar.




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