Otro post de consejos diocesano-episcopales para todos los prelados del mundo


En cuanto el prelado de una diócesis se ha despojado de los ornamentos sagrados, torna a ser el pobre siervo de Dios accesible a todos.
Accesible a todos, pero solo después de haber recibido a los sacerdotes. Considero que el mínimo debería ser que un obispo hablara con cada sacerdote, a solas y sin prisas, una vez al año. Pero sin que ese encuentro sustituyera al encuentro mensual o bimensual con el que ejerza de “padre de los sacerdotes” de esa zona. El encuentro del obispo como el del encargado de los sacerdotes debe moverse estrictamente en el fuero externo:
¿Cómo estás? ¿Estás contento? ¿Desearías un cambio de destino? ¿Te gustaría ayudar en alguna tarea diocesana más? ¿Tienes alguna propuesta para la diócesis? ¿Alguna queja?
Si se busca a un verdadero patriarca con celo por las almas, de un modo natural las cosas pasarán del fuero externo a lo interno en el caso de sacerdotes con graves problemas. Quizá se necesiten dos años para ganarse esa confianza. Pero un verdadero pescador de almas sabrá muy bien como invitar al presbítero con problemas a que le comparta su carga.
Por eso es importante (como ya he dicho en otros posts) que ese “padre de los sacerdotes”, ese patriarca venerable, no sea un vicario episcopal ni nadie con poder de jurisdicción en la diócesis. Tiene que ser un hermano desprovisto de poder. Solo un hermano que quiere ayudar, pero que tiene capacidad para hablar con el obispo y lograr soluciones.

Post Data: Si os portáis bien, tal vez mañana pondré las fotos en que aparezco haciendo surf o tirándome en paracaídas. 

Si os portáis mal, no pondré ni siquiera las fotos en que aparezco acabando con una población entera de pastelillos con crema.
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