Homilía del Cardenal Carlos Aguiar en el XVI Domingo del tiempo ordinario

Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte. (Gen. 18, 2-3)

Vamos a elegir tres expresiones además de ésta, dos más en nuestra reflexión de este domingo.
De la lectura del Evangelio, la respuesta que dio Jesús a Marta cuando le pedía que su hermana le ayudara en el quehacer de atención a las visitas: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará” (Lc. 10, 41-42).

Finalmente de la segunda lectura tomaremos el inicio en el que San Pablo expresa algo, en principio difícil de entender, pero que es muy importante conocer y vivir. Dice el Apóstol: “ahora me alegro de sufrir por ustedes porque así completo lo que falta a la Pasión de Cristo en mí, por el bien de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1, 24).

La relación de estas tres expresiones, que encontramos hoy en la Palabra del Señor, la vamos a hacer a partir de la manera como miramos, de nuestra visión de las personas y de las actividades, de los acontecimientos que suceden en nuestro entorno y de los que sabemos que pasan en el mundo.

Abraham vio a tres caminantes acercarse a su campamento en medio del desierto – un viajero de aquellos tiempos donde no había servicios turísticos, ni de hotelería, ni de restaurant- y les ofreció darles hospitalidad en su casa, dándoles de comer.

Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte (Génesis 18, 2-3). ¿Cuántas veces ha pasado el Señor en nuestra vida y no lo hemos visto?, no lo hemos podido descubrir y mucho menos, como hizo Abraham, pedirle que se detenga conmigo, que comparta lo que tengo.

La primera cuestión que debemos preguntarnos es si actuamos como Abraham que atendió a estos tres personajes, y de ellos recibió el anuncio gozoso, que finalmente tendría un hijo de su esposa Sara.

Si nosotros logramos en nuestra mirada hacia lo que acontece a nuestro alrededor y descubrimos la presencia de Jesús, entonces nuestra vida se transformará, cambiará, pero cómo hacerlo, que no nos pase lo que a Marta, sino que sigamos el ejemplo de María. Marta se afanaba en hacer bien sus cosas, en atender aquellos que, dada la visita de Jesús a su casa, habían ido a escucharlo. Se afanaba en el quehacer. En cambio María, como bien le dice Jesús: se afana en el ser.

¿Qué quiere decir esto?, por ejemplo, cuando ustedes vienen aquí a la Basílica de Guadalupe contemplan a nuestra madre y le piden algo, una súplica ferviente y después ven en su vida, que lo que pidieron se les cumplió, vienen agradecidos y le dicen a la Virgen: “me cumpliste, Madre, y te lo agradezco enormemente”.

Y ahí nos quedamos tantas veces, con ese primer paso, no damos el segundo. ¿Cuál es el segundo paso?, no es simplemente agradecer a María o a Jesús que intervengan en nuestras vidas, es descubrir la manera de intensificar mi relación con ellos, es conocerles más, si yo ya ví que Dios interviene en mi vida, debo interesarme en conocerlo a Él, conocer su palabra.

Si ya me ayudó puedo confiar en él, crecer en su confianza, en su amor, conocer sus enseñanzas y los caminos de la vida que él propone. Por eso, a veces nos quedamos al borde del camino y no le pedimos que se detenga con nosotros. Debemos adentrarnos en el ser, ¿qué le pasó a Marta?, se afanaba en su quehacer, pero no se adentraba en lo que era el ser; es decir, cumplir con el deber, no nos lleva necesariamente al conocimiento de Dios. Simplemente cumplir lo que me piden hacer, no me lleva a la intimidad con Dios, tengo que tener esta mirada de fe para adentrarme, ¿quién es al que le sirvo verdaderamente?

Si yo ayudo a una persona necesitada, hago caridad con ella, me compadezco de ella, pero no descubro que a través de lo que hice al otro para bien, me hace crecer en mi amistad con Dios, mi Padre, que es el que me da la fortaleza para compartir, para actuar favoreciendo al otro, para desarrollar esa actitud permanente que Dios tiene con nosotros, de darnos vida, de fortalecernos.

Cuando vamos más allá de lo que sucede y nos adentramos en nuestro propio interior y le damos cabida a estas actitudes del deseo de conocer mejor a Jesucristo y lo que nos ha enseñado, es entonces cuando podemos llegar a la plenitud que habla el Apóstol San Pablo, de alegrarnos aún en el sufrimiento, porque así completo lo que falta la Pasión de Cristo en mí, por el bien de su cuerpo, que es la Iglesia.

La Pasión de Cristo no es que necesite algo más que no haya hecho Jesús, lo que falta es que se lleve a cabo en nosotros, en su cuerpo, que es la Iglesia, para manifestar que aún en medio de la adversidad, del dolor, de la enfermedad o de la muerte misma, Dios nos acompaña.

Fíjense bien lo que dice adelante el Apóstol: “yo he sido constituido ministro de esta Iglesia para predicar el designio secreto que Dios ha mantenido oculto desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a su pueblo santo”. ¿Cuál es ese designio secreto?, lo dice adelante, que Cristo vive en ustedes y es la esperanza de la Gloria (Col. 1, 21-28).

Cristo vive en medio de nosotros, pero no lo vemos, no lo detectamos, cuando no abrimos nuestro espíritu para descubrir su presencia en nosotros y entre nosotros, cuando nos relacionamos con los demás para cumplir sus enseñanzas.

¿Por qué Cristo vive entre nosotros? Porque quiere participarnos la naturaleza divina, la naturaleza de Dios que es el amor. Quiere suscitar en nosotros el verdadero amor de donarnos, de dar nuestra vida para bien de los demás, como lo hizo Él, éste es el designio secreto, ése es el camino a desarrollar, si abrimos nuestro corazón nos dirá también Jesús como lo dijo de María, han escogido la mejor parte y nadie se las podrá arrebatar.

Pidámosle a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que fue una mujer contemplativa, que nos ayude a desarrollar en nuestra vida este camino, esta manera de ver y esta manera de actuar.

¡Que así sea!


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