Homilía del Cardenal Aguiar del Domingo XVII del Tiempo Ordinario

“Enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”.

La primera pregunta es: ¿Ya sabemos orar? Los procesos de cada persona son diversos, por eso las respuestas seguramente, de quienes estamos aquí, congregados hoy, serán distintas. Uno podrá decir: ‘yo no sé orar’. Otros dirán: ‘estoy aprendiendo’. Y quizá también hay quienes digan: ‘me siento muy contento de orar y platicar con el Señor Jesús, o con Dios mi padre, o de invocar la ayuda del Espíritu Santo’.

Orar es un camino que hay que recorrer y aprender gradualmente. Las lecturas que hemos escuchado hoy, ayudan a tener claras las actitudes para realizar ese camino. En primer lugar, escuchamos un texto del Génesis (Gen. 18,20-32), en el que Abraham ora, como buen oriental, buen árabe, negociando con el Señor; también los mexicanos tenemos un estilo árabe cuando vamos a una tienda negociamos diciendo: ‘no me la va a dejar en esto… o, me va a dar una rebajita’; eso es negociar. En esa cultura vemos cómo Abraham se va atreviendo a más, y más, y más, y el Señor lo escucha, manifestando su inmensa misericordia.

Quizá, muchos de ustedes han negociado con el Señor porque, cuando estamos en una pena, en una circunstancia difícil, empezamos a hacer ese intercambio con Dios: ‘Señor, si sanas a mi esposo, a mi esposa, a mi hijo, yo te prometo que…’; ya no digo qué cosas prometen, pero ‘yo te prometo que’; y así negocié. En ese intercambio pedimos a Dios por nuestras necesidades, pero atención, ésa es la primera grada de la escalera del aprendizaje para orar.

La Segunda Lectura (Col. 2,12-14) y el Evangelio (Lc. 11,1-13) ofrecen otras actitudes que ayudan mucho a crecer en nuestra experiencia de oración. ¿Se fijaron ustedes lo que Jesús responde, cuando los discípulos le piden que los enseñe a orar? Les enseña la oración del Padre Nuestro.

Aquí tenemos una importante primera indicación: debemos dirigirnos, no como a veces nos pasa: ‘¡ay, Dios mío, Dios mío, ay mi Dios!’. Jesús dice, que en lugar del ‘yo’, debemos de hablar en nosotros: ‘Padre nuestro, Padre nuestro’ (Lc. 11,2), porque así recordaremos siempre, que yo vivo en medio de mis hermanos, y que los otros son mis hermanos. Decir ‘Padre nuestro’ nos recuerda al hermano que le hemos negado la palabra; el ‘Padre nuestro’ recuerda que somos miembros de una familia.

‘Venga tu Reino’ (Lc. 11,2), se refiere al Reino que anuncia Jesús: el Reino del amor; porque Dios es amor. Entonces si queremos que Dios reine, tiene que reinar el amor entre nosotros. En seguida, Jesús afirma que necesitamos el pan de cada día (Lc. 11,3); cualquiera de ustedes podrá decir, ‘ah, es la tortillita que no me falte, el aguacate, los frijolitos, la carnita’; no, Jesús lo explica inmediatamente al decir: ‘el pan nuestro de cada día’ es perdonar al hermano, porque con gran frecuencia entramos en conflicto con el prójimo porque pensamos distinto, porque somos diferentes, porque hay distintas maneras de ver las cosas y de tomar las decisiones. Es la naturaleza del ser humano, no debe entristecernos que entremos en discusiones y conversaciones donde tengamos posiciones distintas.

Además Jesús indica que es indispensable: ‘perdonar al hermano’ (Lc. 11,4). No podremos pedir el perdón a Dios si no perdonamos al otro, ¿y saben por qué?, porque el perdón, el aprender a perdonar es la puerta del amor; sólo perdona el que ama.

Cuando ustedes tengan resistencia a perdonar a alguien, pregúntense: ¿sabré amar?, ¿tengo ya esa experiencia de amor?, ¿me he ejercitado en el amor? Y cuando hemos perdonado, se siente una gran satisfacción porque viene la paz que da el amor de Dios en tu corazón. Por eso el perdón nos lleva a la reconciliación; son distintas cosas, el perdonar sale del corazón; la reconciliación viene de dos partes: yo perdono, él acepta el perdón, y nos reconciliamos.

Jesús termina diciendo: ‘no nos dejes caer en la tentación’ (Lc. 11,4). Ya saben cuál es la tentación a la que se refiere Jesús aquí en el Padre Nuestro: la tentación a no perdonar; porque las tentaciones de las caídas, de mis pecados, de mis equivocaciones, de mis fallas no son tan importantes, por eso siempre nos perdona el Señor. La falta que es más grave es cuando nosotros no perdonamos. Por eso hay que pedir: ‘no nos dejes caer en la tentación’ de no perdonar. Cuando aprendemos a perdonar, posteriormente, les aseguro, es más fácil seguir perdonando; pero cuando nos encaprichamos y decimos: ‘este me las hizo y no lo perdono’, entonces nuestro corazón se cierra a la gracia de Dios, que es el amor. Viviremos siempre heridos con un gran rencor que nos hará personas negativas y sufriremos muchos golpes en la vida. Esta es la esencia del Padre Nuestro. Por eso en el Padre Nuestro está una síntesis maravillosa de la enseñanza de Jesús.

Además el Evangelio de hoy aporta otros elementos para animarnos a perdonar, para que vivamos el Reino del amor entre nosotros. Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a media noche y le dice ‘préstame, no tengo comida para hoy, llegué ya muy tarde, y no fui al mercado y tengo mucha hambre’; Y le responde: ‘Ya estamos acostados, ven mañana’. Pero el amigo insiste e insiste, “por la molesta insistencia le va a conceder lo que le pide. Por eso dice Jesús pidan y se les dará. Si nos cuesta trabajo perdonar, ‘pidan’ y este don se les dará; insistan, toquen la puerta. Y explica Jesús: recuerden si le piden algo a su Padre Dios, no les va a dar ponzoña; les dará el Espíritu Santo.

San Pablo, sintetizando esta enseñanza afirma en la segunda lectura: “ustedes estaban muertos por sus pecados y no pertenecían al pueblo de la alianza, pero Él les dio una vida nueva con Cristo, perdonándoles todos los pecados” (Col. 2,13); nos da una nueva vida, y esa es la vida en el Espíritu Santo.

Por eso, Jesús terminaba en el Evangelio de hoy diciendo: “pues si ustedes que son malos -o sea, si se enojan, si tienen dificultad para perdonar–, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan” (Lc. 11,13).

Demos gracias al Señor Jesús por esta enseñanza, que pone en nuestras manos la posibilidad de aprender, de experimentar la oración; en ella encontraremos la capacitación para ejercitarnos en el amor, y así vendrá el Reino de Dios entre nosotros; por eso me alegra mucho este encuentro, esta Eucaristía con ustedes, que en este año han puesto en común su coro, integrado por las Parroquias de la Unidad Pastoral; estamos haciendo comunión, testimonio de amor, pues siendo de parroquias limítrofes y vecinas, somos la misma Iglesia.

Ustedes, al realizar este esfuerzo conducidos por sus sacerdotes, me están ayudando a mí como Arzobispo de esta Ciudad, para dar testimonio de comunión y de amor a nuestro pueblo y a nuestra sociedad. Muchas gracias, y démosle gracias al Señor, nuestro Dios, por este beneficio que recibimos de esta experiencia de la Unidad Pastoral. ¡Que así sea!


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