Tirar de la manta en Roncesvalles

Portada de un ejemplar del poema épico 'La Chanson de Roland'.

Quien tenga la suerte de pasar estos días por el pirineo navarro podrá ver a numerosos franceses en pos de las huellas de Roland. Libros, conferencias y documentales glosan la célebre Chanson de Roland, haciendo que el cantar de gesta más antiguo escrito en lengua romance viva un nuevo esplendor. Y qué orgullosos están los franceses de su Roland, Roldán para nosotros. No es para menos. Según la Chanson, allá por el año 778 Carlomagno reconquistó él solo casi toda Hispania a los moros. Tuvo alguna “dificultad” en Pamplona y Zaragoza, convenientemente solventada. De ahí que cuando se le sublevaron los sajones en el norte, el rey franco decidiera en persona ir a sofocar la rebelión. Organizó sus huestes y se dispuso a cruzar los Pirineos, con su sobrino Roland en la retaguardia. Pero los moros le tendieron una emboscada en el desfiladero de Roncesvalles. Roland, valiente él, no quería hacer sonar su “orifante” o cuerno de batalla, evitando así que el resto del ejército acudiera en su ayuda y fuera también masacrado. Pero cuando se vio rodeado, no le quedó otra que echar mano del instrumento. Tarde. Pese a batirse bravamente, tanto Roland como los Doce Pares de Francia -flor y nata de la caballería gala- fueron masacrados sin piedad por una horda de 400.000 infieles. El dato en cuestión, como no podría ser de otra manera, está basado en “fuentes francesas”. Obviamente, las cosas no fueron así. Puede que Carlomagno tuviese un sobrino llamado Roland, y que éste hiciera incursiones por los aledaños de Pirineo español. Nada más. Ni se produjo la “Batalla de Roncesvalles”, ni cabe tanto moro en Roncesvalles, ni los Doce Pares de Francia hicieron jamás acto de presencia en Roncesvalles. Lo que ocurrió en realidad es que una cuadrilla de nobles galos saqueó las granjas de algunos vascones navarros y éstos, poco dados a tales bromas, se lo hicieron pagar caro. Nada de moros; navarros, y de pro. Curiosamente, es navarro el origen de la expresión “tirar de la manta”. En la catedral de Tudela y más de una iglesia de la Ribera había un tapiz con los nombres de las familias conversas, para que nadie olvidase que tenía antepasados judíos. Era, por tanto, un deshonor para un “cristiano viejo” amenazarle con “tirar de la manta”, aludiendo a secretos inconfesables que él o su familia pudieran ocultar. Hoy en día, si se tirase de la manta de Roland, a saber qué o quién aparecía. Quizá Olivares “el más fiel de los amigos” según la Chanson, y que le seguía a todas partes. En cualquier caso, un tema lo suficientemente enjundioso como para que Charlie Hebdo le dedicase alguna de sus portadas.

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