¿Por qué el Espíritu Santo es el Motor de la Iglesia?

San Lucas narra en los Hechos: “Al llegar el día de Pentecostés estaban todos juntos en un mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban”.

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El Espíritu Santo descendió en forma de lenguas de fuego, sobre María y los apóstoles. Ellos salieron a predicar la Buena Nueva; desde entonces y hasta nuestros días, el Espíritu de Dios no ha abandonado a su Iglesia desde su fundación.

En entrevista con Desde la fe, el sacerdote Hermenegildo Pérez, Misionero del Espíritu Santo, explicó que, sin la tercera persona de la Santísima Trinidad, la Iglesia no existiría.

“Así es, simple y sencillamente, sin Él no tendríamos Iglesia. Con sus altas y bajas que ha venido viviendo a lo largo de la historia, desde que fue fundada por Jesús (…) el Espíritu la ha iluminado y le da gracias desbordadas”.

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“El Espíritu Santo es el alma del alma, el corazón del corazón, es la sangre que corre por las venas. Es la luz, la sabiduría, la ciencia, el amor, la fortaleza, el perdón. Si no fuera por Él no podríamos perdonar, no podríamos amar”, explicó.

De acuerdo con el presbítero, Dios nos sigue enviando su Espíritu para seguir anunciando la Buena Nueva. Muestra de ello es la gran cantidad de santos y beatos que ha tenido la Iglesia a lo largo de su historia, pues “hace valientes los corazones para que podamos entregarnos al Señor y dar testimonio de Él”.

Por su parte, el rector del Seminario Conciliar de México y la Universidad Católica Lumen Gentium, el padre Federico Altbach, explicó que la protección que el Espíritu Santo da a la Iglesia no exime a sus miembros de cometer errores.

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“Lo que significa es que Dios cuida a su Iglesia para que estos errores y deficiencias no corroan de manera sustancial, es decir, en lo más fundamental, su identidad como instrumento de amor y de salvación del Padre para la humanidad”.

Como sucedió con los apóstoles en Pentecostés, el Espíritu Santo sigue enviando a los católicos a anunciar el Evangelio.

“Todo bautizado, sobre todo al recibir el sacramento de la Confirmación, se convierte en un discípulo misionero, llamado a servir a su prójimo, a colaborar en el anuncio del Evangelio y en la edificación de la comunidad cristiana, a trabajar por transformar el mundo conforme a la justicia y la misericordia”.

El Espíritu Santo, agregó el rector del Seminario, también es el encargado de inspirar los diversos carismas dentro de la Iglesia.

“Los carismas auténticos de la Iglesia, dados a las comunidades religiosas, y dados según su modo específico a todo creyente, son dones del Espíritu Santo, que capacita a todos y a cada uno en la Iglesia para cumplir su misión individual y comunitariamente”.

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