Homilía del Cardenal Carlos Aguiar en Domingo de Pentecostés

El Espíritu Santo que mi padre les enviará en mi nombre les envía les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto Yo les he dicho. (Jn 14, 26). 

La promesa de Jesucristo se cumplió plenamente el día de Pentecostés; le bastaron unos días a Jesús para llevarlo a término. Hay que notar, según palabras del mismo Jesús, que dicha promesa será para acompañar siempre a sus discípulos (Jn 14,16).

¿Por qué entonces hay tiempos y situaciones que vive la iglesia donde pareciera que no está presente el Espíritu Santo para acompañarnos, conducirnos, consolarnos, fortalecernos y para ayudarnos a caminar en comunión como lo pidió Jesús a Dios Padre?

San Pablo nos responde en la segunda lectura que hemos escuchado, al afirmar: Si el espíritu del Padre que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, entonces el Padre… les dará vida a sus cuerpos mortales por obra de u Espíritu que habita en ustedes. (Rom 8, 11)

Y continúa aclarando nuestra responsabilidad para que funcione en nosotros la acción del Espíritu Santo; nuestra responsabilidad de permitir que el Espíritu Santo nos conduzca, es decir, que la acción del Espíritu Santo dependerá de nuestra libertad y decisiones para que la acción del Espíritu actúe entre nosotros.

Por eso afirma: Por lo tanto hermanos, no estamos sujetos al desorden egoísta del hombre, para hacer de ese desorden nuestra regla de conducta, pues si ustedes viven de ese modo, ciertamente serán destruidos. Por el contrario, si con la ayuda del espíritu destruyen sus malas acciones, entonces vivirán. (Rom 8, 12-13)

Además, la primera lectura describe que el día de Pentecostés estaban todos reunidos en el mismo lugar (Hech 2,1), con ello indica lo que luego será una enseñanza habitual de la Iglesia: que la comunión entre los discípulos es la manera para dejarnos conducir por el Espíritu Santo.

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En verdad, solos es muy difícil escuchar la voz de Dios y discernir lo que se mueve en nuestro interior, para distinguir las inquietudes buenas que provienen de nosotros, de las inquietudes que generan los bajos instintos. Por ello es tan importante desarrollar la capacidad de compartir con los miembros de la familia, con los amigos, con los agentes de pastoral, con los sacerdotes y con todos aquellos que convivimos y compartimos la fe en Cristo resucitado para ayudarnos a esclarecer lo que el Espíritu Santo nos comunica.

Dos son las fuentes para iniciar el proceso de escuchar de la voz de Dios. La palabra de Dios que se nos ha transmitido en los Libros Sagrados que integran la Biblia, por eso en cada eucaristía siempre la escuchamos. Y las inquietudes y necesidades que descubrimos a partir de los acontecimientos que nos va tocando vivir. La relación entre estas dos fuentes: la Palabra de Dios y lo que descubrimos de los acontecimientos que nos toca vivir, originan la luz de la fe para el discernimiento de mis decisiones.

Pero hay también que reconocer dos dimensiones de discernimiento:

  • El personal, que orienta mi propia experiencia de relación con Dios para desarrollarla.
  • Y el discernimiento eclesial o comunitario, el cual me ayudará a la toma de decisiones compartidas con mis diversos círculos de relación humana.

En este camino, mi experiencia me irá confirmando mi fe en Dios Trinidad, mi confianza y esperanza de ser acompañado por Dios, mediante el Espíritu Santo, y mi generosidad, para compartir lo que soy y lo que tengo con los necesitados, creciendo en mi ejercicio para aprender a amar, como me ama Dios.

Entonces seré capaz de testimoniar con una fuerte convicción que Dios ha cumplido su promesa en mí, y podré comunicar mis gozos y tristezas, mis alegrías y esperanzas, mis sueños y proyectos con la profunda experiencia de saberme amado por Dios, mi Padre, por Cristo mi hermano, y por el Espíritu Santo que me participa la vida divina.

Hermanos, todos aprovechemos esta fiesta solemne de Pentecostés para renovarnos y decidirnos a vivir en comunión con Dios, cuya naturaleza es el amor. Y aprendamos a superar las tentaciones del temor y miedo que a veces nos genera el no conocerlo.

Creamos en el verdadero Dios, cuyo rostro misericordioso, nos lo ha revelado Jesucristo, Nuestro Señor.

Que así sea.

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México

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