Reflexionando comunitariamente


Me pidió una persona si podía abundar un poco más sobre la cuestión de si conviene ordenar a un seminarista que va a morir antes de la ordenación. Digo “abundar un poco más” porque ya escribí un post hace tiempo. He retomado ese post y lo he ampliado.
Retomo el tema, pero no se vean mis palabras como una crítica a los tres casos que conozco que han sucedido en la Historia. Mis palabras no son de crítica

Estoy seguro de que el mismo papa Francisco si estuviéramos paseando, me invitaría a darle mi opinión, a pesar de haber autorizado hace poco un caso. Solo quiero aportar filialmente razones a una cuestión que está sujeta a debate. Pero lo hago desde el respeto a otras posturas.
Esta es una cuestión sujeta a opinión. Con lo cual, no pretendo tener la verdad absoluta. Pero, con mis razones, pretendo descubrir la verdad. Y la verdad siempre tiene el carácter de algo perfecto. Porque el que una cuestión esté sujeta a opinión no implica que debamos desistir en la búsqueda de la verdad.
Un seminarista que había acabado el cuarto año de teología fue diagnosticado con leucemia. Se esperó a ver si la quimioterapia lo salvaba. Pero cuando la noticia del hospital era que le quedaba poco tiempo de vida, el obispo (que debía ser muy buena persona) decidió ordenarlo sacerdote en la habitación del hospital. Vi la foto y era patente que al ordenando le quedaban pocos días de vida.
La buena intención del obispo no la pongo en duda. Pero acerca de lo acertado del hecho sí que me permito hacer algunas reflexiones teológicas ahora que ya ha pasado un año o dos.
El sacerdocio se concede siempre para los demás, para la comunidad. Nunca se confiere este sacramento como un medio de enriquecimiento espiritual para la persona, no se concede para lograr la consumación de ninguna santidad del individuo. El individuo se santifica EN el sacramento, pero no se confiere PARA el individuo. Uno se santifica EN el sacerdocio. El sacerdocio no es pro sacerdote. El sacerdote se santifica en el pro vobis.
Imaginemos un anciano de 70 años que llama a la puerta episcopal solicitando humildemente el sacerdocio. La respuesta del obispo debe ser clara: Si el sujeto se halla en un estado de salud y fuerza física que nos lleva a estimar razonablemente que podrá ejercer el sacerdocio durante años, se le puede ordenar. Pero por más bueno, espiritual y santo que sea el sujeto si no va a poder ejercer el sacerdocio, no se le debe ordenar.
El sacramento del orden no es una medalla a una vida de servicios a la Iglesia, es un ministerio.
Algún alma bondadosa podrá decir: vale la pena ordenarlo para que celebre una misa, una sola misa. Pero si ese argumento fuera cierto, todos los viudos muy involucrados en la vida parroquial podrían aspirar a prepararse con estudios teológicos para celebrar una sola misa antes de morir. La consecuencia lógica de ese argumento podría ser que un 5% de los ancianos podrían coronar su vida laical con el sacerdocio en los últimos 5 años de su vida. El sacerdocio pasaría a ser no un modo de vida, sino una opción para culminar una existencia cristiana.
Alguien bondadoso alegará que esa persona que se ordena in extremis será sacerdote toda la eternidad. Cierto, pero eso no le añadirá ni medio grado más de felicidad en el cielo. Felicidad que dependerá de su mérito, no del número de sacramentos que acumuló en su alma a lo largo de la carrera de su vida.
Si la alta dignidad del sacramento valiera la pena recibirla únicamente por el hecho de vivir la eternidad como sacerdote, la consecuencia es que a todo moribundo se le podría conferir tan alta dignidad en el lecho de muerte. Así todos los varones podrían gozar de tan alta dignidad en la eternidad.
En el libro mío Las corrientes que riegan los cielos expongo rotundamente que en el cielo ni haber sido Romano Pontífice ni cardenal ni arzobispo añade el más insignificante grado de felicidad en esa eternidad. Se verá como algo totalmente accidental frente al mérito que acumuló esa persona. Todos preferiríamos haber sido zapateros o criadores de cerdos antes que ser Romano Pontífice de toda la Iglesia y gozar menos en la eternidad.
La conclusión de todo lo que he expuesto es clara. Cuando un seminarista cae gravemente enfermo y va a morir, no se debe adelantar la ordenación.
Si un sacerdote muere de manera fulminante una semana después de la ordenación, la voluntad de Dios fue que se ordenara y después muriera. Pero si Dios coloca la muerte antes de la ordenación, la voluntad de Dios se ha manifestado con ese decreto.
El obispo fija una fecha de ordenación. Pero Dios determina que morirá un mes antes. Pensemos en esta situación. El Señor ya sabía la fecha y lo llama antes a su presencia. ¿No es esto acaso una manifestación de su Voluntad? Lo miremos como lo miremos esto tiene una implicación filosófica: Cambiar la fecha de la ordenación implica adelantarse al adelanto de Dios.
El Señor podría haber retrasado una fecha (la de la muerte), pero, de hecho, hizo al revés: adelantó la de la muerte. Y esa fecha, la de la muerte, dependió totalmente de la Decisión Dios, para nada de la decisión de los hombres. ¿Adelantarse al adelanto de Dios es, realmente, la Voluntad de Dios?
Sí que se puede adelantar la primera comunión o la confesión o la confirmación, porque esos sacramentos son PARA el bien de la persona.
Imaginemos que se escogiera a un cardenal como papa, en el siglo XVIII, y se pusiera enfermo unas horas después. ¿Tendría sentido acelerar la ceremonia de coronación para que muriera coronado como papa? ¿O tendría sentido, actualmente, acelerar la misa de inicio de un pontificado si nos viéramos en la misma tesitura?
Alguno dirá que, en el caso del sacerdocio, el sacramento imprime carácter. Pero no olvidemos que la ceremonia de coronación también otorgaba gracias, pues era un sacramental. E, incluso, podía otorgar grandísimas gracias. Y, sin embargo, no debería adelantarse tal ceremonia ni lo más mínimo ni la de coronación (antiguamente) ni la de inicio del pontificado (actualmente).
Alguno persistirá en su idea de ser sacerdote para siempre, que eso es razón suficiente. Pero si no existiera la Humanidad, ¿Jesús hubiera muerto en la Cruz para ser sacerdote? Evidentemente, no. Realizó el sacrificio POR nosotros. Eso le consagró para siempre, pero no lo hizo para bien de sí mismo. Incluso en Jesucristo el sacerdocio es PARA nosotros.
Pongamos otro ejemplo, alguien es elegido como obispo de una diócesis. Pero dos semanas antes de la fecha fijada para la ordenación sufre un infarto y se prevé que no dure más allá de unos días. ¿Se le debería ordenar como obispo en el hospital? Evidentemente, no. ¿Por qué? Porque el sacramento es para el ministerio, no por el grado. ¿Qué sentido tiene ordenar como diácono al que no va a ejercer el servicio en la comunidad?
Imaginemos que un monseñor del Vaticano va a morir y un cardenal suplicara al papa: “Ordenémoslo como obispo para que así toda la eternidad esté más configurado con Cristo Sacerdote”.
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