Nuestro carnet de identidad cristiana

Juan López Vergara

Nuestra madre la Iglesia, el día de hoy, nos ofrece en la mesa de la Eucaristía un bello pasaje del Evangelio según san Juan, que forma parte del primer discurso de despedida. En el cual se revela nuestro carnet de identidad como seguidores de Jesús, que radica en dar testimonio del nuevo mandamiento del Señor Jesús de amarnos los unos a los otros como Él nos ama (Jn 13, 31-35).

Jesús ha vivido en plenitud su misión

Esta perícopa abraza tres afirmaciones: la primera, se refiere al concepto joánico de “glorificación”, en relación con la situación de Jesús (vv. 31-32); la segunda, anuncia su despedida con inefable ternura (v. 33); y, la tercera, presenta el mandamiento del amor como la exhortación decisiva y determinante de Jesús a su comunidad (vv. 34-35).

Después de que el apóstol Judas: el traidor, se había retirado; el Señor reveló unas misteriosas palabras: “Cuando Judas salió del cenáculo, Jesús dijo: ‘Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará’” (vv. 31-32). Jesús valora el significado de su presencia en nuestro mundo como expresión de la gloria de Dios, de la manifestación de Dios en su propia persona. Semejante glorificación, de acuerdo a la perspectiva teológica del evangelista, culmina en la pasión, en el momento de retornar al Padre, cuando exclamó: “‘Todo está cumplido’. E inclinando la cabeza entregó el espíritu” (Jn 19, 30). Jesús es consciente de haber vivido en plenitud su misión.

Fijos los ojos en Jesús, debemos seguir su ejemplo

Jesús, entonces, expresando el más precioso amor, llamó: “Hijitos” a sus discípulos (véase v. 33). Y se despidió de ellos: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos” (vv. 34-35).

El parámetro del amor no deberá ser otro que el del propio Jesús, quien poco antes, realizó un gesto profético que resume su vida entera, su misión y su mensaje al lavar los pies de sus discípulos: “Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y dicen bien, porque lo soy: Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes” (Jn 13, 13-15). Fijos los ojos en Jesús, debemos seguir su ejemplo.

La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús

¡El Maestro y Señor se hace servidor! Jesús nos exhorta a edificar una nueva fraternidad evangélica cimentada en la actitud del servicio, y nos ha dejado un signo para reconocer su nueva presencia en medio de sus hermanos: El amor vivido en sus relaciones diarias.

Como dijera Saint-Exupery: “El amor no es tanto mirarnos a los ojos, sino mirar juntos en la misma dirección”. Esa misma dirección no puede ser otra que la fraternidad. Vivir como hermanos se convierte en el primer acto misionero de los discípulos.

El Papa Francisco enseña: “La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más” (EG 264).

Nuestro carnet de identidad como seguidores del Señor Jesús, radica en dar testimonio de nuestro amor mutuo (compárese I Co 13, 1-3).

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