Madre fecunda

Cristina Parra Aguirre

“Dichosa la madre que te llevó en su seno y cuyos pechos te alimentaron” (Lc. 11, 27). Dios sigue creando -después del sexto día del Génesis-, a través de los esposos. Es Él quien fecunda su amor conyugal y les concede el don del hijo en su entrega íntima consagrada el día de su matrimonio. Es un gran privilegio que Dios nos conceda este don de la maternidad (y paternidad).

No es tan sencillo como parece, son muchos los factores que tienen que coincidir para que una nueva vida pueda comenzar a gestarse. Es un verdadero milagro la formación de un bebé con todos sus órganos, tejidos y sistemas perfectos, con trillones de células de más de doscientos tipos diferentes. “Tú has creado mis entrañas, me tejiste en el seno de mi madre” (Sal. 138, 15).

Es una hermosa responsabilidad la de formar (no solo dentro del vientre) sino sobre todo una vez que nacen los hijos demostrándoles el gran amor que Dios les tiene. Corresponde a los padres dar a los hijos todo aquello que tienen derecho a recibir de sus padres: en lo material, casa vestido y sustento; en lo psíquico, educación, atención, cuidados, amor; y en lo espiritual formarlos y darles testimonio.

La fecundidad no solo se considera en función de la cantidad de hijos que Dios te conceda: 1, 3, 4, 6 o más, sino sobre todo en el amor, la calidad humana, la formación, atención y educación que responsablemente podemos darles. “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia” (Jn. 10, 10) ¿qué significa esto? No se trata solo de “traerlos al mundo” sino de hacer que su vida valga la pena, que sea feliz, que sea pleno, que sea productivo, que tenga seguridad, confianza, que sean santos.

“Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo los escogí a ustedes, y los he mandado para que vayan y den fruto, y que su fruto dure para siempre.” (Jn. 15, 16). El corazón y el alma de nuestros hijos son como una parcela que se nos encomienda para cultivarla, puede ser que produzca poco o mucho fruto y además si es de calidad o no es de calidad.

Para las mujeres que Dios no les ha concedido el don de los hijos, existe también la fecundidad espiritual y es el don de poder dar vida acompañando, amando, atendiendo a las personas que están a su alrededor en su familia, en su comunidad, en un apostolado. No solo en la “carne”, sino también en el “espíritu” podemos y debemos ser fecundos: implica no solo dar, sino darse, implica tiempo, paciencia, ternura.

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