La Virgen de Guadalupe estuvo en la Batalla de Lepanto

El Papa Francisco ha pedido que durante el mes de mayo se rece el Santo Rosario por la paz del mundo, y es un buen momento para ahondar en la historia de esta oración mariana, en la que, de manera indirecta, está involucrada la Virgen de Guadalupe.

En el vasto universo informático de la Morenita, hay episodios poco conocidos a pesar de que son de gran trascendencia. Por lo general, la piedad popular –a través de retablos, exvotos, peregrinaciones, danzas, rezos y mañanitas con artistas famosos– nos remite al Tepeyac, específicamente a la Sagrada Imagen que, ante todo, representa a la Virgen María. También nos conecta con las 26 imágenes suyas que han sido coronadas en América y 23 más en el mundo.

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Por citar un ejemplo, en Italia hay una copia de la Virgen de Guadalupe que se integró desde hace siglos a la cultura local, de la siguiente manera:

El Segundo Arzobispo de México, Alonso Montufar, mandó pintar en tela una copia de la imagen del ayate de Juan Diego y la envió a Felipe II, quien a su vez la obsequió a su medio hermano Juan de Austria. Éste se la entregó al almirante Andrea Doria, quien se disponía para una importante batalla naval, pues iba al frente de Liga Santa para frenar el avance turco otomano en el Mediterráneo, y por ende, la imposición del Islam en Europa. El almirante colocó el estandarte con la Virgen de Guadalupe en la capilla de la Nave Capitana, y con ella partieron hacia Grecia.

Cuando la  flota cristiana entró al Mar Jónico, las naves turcas esperaban con vientos a favor, formando una media luna desde la costa de Grecia, en el norte, hasta la costa del Peloponeso, en el sur. La estrategia turca era perfecta. Sus fuerzas eran superiores y estaban encabezadas por Alí Pashá, el mejor almirante de Selim II, hijo de Solimán “El Magnífico”. En aquella batalla del 7 de octubre de 1571, conocida como la Batalla de Lepanto, se jugó el futuro religioso, político y económico de Occidente.

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La batalla fue violenta como jamás antes había ocurrido, y de ello dieron testimonio personas como Miguel de Cervantes Saavedra, “El Manco de Lepanto”, y otros hombres no menos importantes como Álvaro de Bazán. No hay necesidad de inventar lo tortuoso de la embestida de barcos y cañones, cuando los propios protagonistas dejaron por escrito sus recuerdos de aquel combate, como estas líneas de Cabrera de Córdoba: “El aspecto era terrible por los gritos de los turcos, por los tiros, fuego, humo; por los lamentos de los que morían. El mar envuelto en sangre, sepulcro de muchísimos cuerpos que movían las ondas, alteradas y espumeantes de los encuentros de las galeras y horribles golpes de artillería, de las picas, armas enastadas, espadas, fuegos, espesa nube de saeta…”

Todos coinciden que la flota cristiana estaba en desventaja, pero de pronto, el almirante Andrea Doria imploró a la Virgen de Guadalupe su ayuda, y cuando éste volvió a cubierta, una inesperada tormenta se desató y dispersó la formación de la flota turca, con lo que los cristianos quedaron en mejores circunstancias.

Aquel día, 15 mil cristianos fueron liberados de las galeras turcas donde estaban encadenados a sus remos. La victoria cristiana puso fin al avance Otomano, sólo se salvaron 30 galeras con la bandera de la media luna y en combate murieron 30 mil turcos y 7 mil 600 cristianos.

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La flota genovesa atribuyó la victoria a la Madona de Guadalupe, y ese estandarte estuvo en posesión de la familia Doria, en la fortaleza de Malespina, en Génova, hasta 1811, cuando el Cardenal Giuseppe Doria lo donó, por testamento, a la iglesia de San Esteban de Aveto, donde aún acuden peregrinaciones. El Papa Pío VII concedió a la Diócesis de Bobio, donde se encuentra este templo, que al domingo siguiente a la fiesta de San Roque pudieran celebrar a Morenita con Misa y rito propios.

Un año después de la Batalla de Lepanto, el Papa Pío V (1566-1572) añadió a la letanía mariana el título “Auxilio de los cristianos”, y dispuso que el 7 de octubre se añadiera al calendario litúrgico, el “Día de Nuestra Señora de la Victoria”, que el Papa Gregorio III cambió su nombre por el de “Nuestra Señora del Rosario”. Así pues, quedaron conectadas tres advocaciones marianas: la Virgen de Guadalupe, la Virgen del Rosario y Nuestra Señora de la Victoria.

Varias ciudades europeas pusieron en sus escudos la imagen de la Virgen María sobre la media luna y, en Venecia, por ejemplo, el Senado hizo que en el Palacio del Dux, debajo del cuadro de la Batalla de Lepanto, se inscribiera esta frase: “Ni el poder ni las armas, ni los almirantes, sino María del Rosario”, y es que el Papa Pío V había pedido que se rezara el rosario el día de la batalla.

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Después, el Papa añadió al Avemaría la segunda parte de esta oración: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amen”.

La Virgen de Guadalupe, la Morenita, pues, está relacionada con cada Ave María que se reza en el mundo, mientras desgranamos los rosarios.


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