Homilía del V Domingo de Pascua

“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 13,34).

La directa interpretación de este mandamiento nuevo se refiere a la relación entre las personas, que debe ser movida por el amor. Y el concepto se clarifica con la expresión posterior “como yo los he amado”. Es decir, Jesús se pone como modelo y ejemplo, su actitud de comprensión y ayuda al prójimo quien quiera que sea, y sin otro interés que el de servir. Jesús en su vida pasó haciendo el bien. Su persona buscó a los demás no se centró en sí mismo, sino en el otro, con plena claridad que para eso lo había enviado Dios Padre, para mostrar el amor de Dios a toda creatura.

Amar al prójimo significa no solamente cuidar de la persona, sino de todo aquello que necesita para una vida digna: casa, vestido y sustento. Y para extender el mandamiento del amor a toda creatura es indispensable la colaboración generalizada en quienes formamos una sociedad. Ninguna persona por sí sola puede resolver las necesidades del resto. La acción comunitaria y organizada es la gran labor a la que todo ser humano está llamado. Con ello, no solamente ayudamos a los más necesitados, sino también encontramos el sentido fundamental de nuestra vida.

Ahora bien, en nuestro tiempo estamos reconociendo que el modo y estilo de nuestra sociedad está dañando gravemente a la Tierra, nuestra casa común. Ninguno en particular es capaz de afrontar este grave deterioro; aquí necesitamos la participación de todas las personas, de todos los sectores sociales, y desde luego de los gobiernos. Nosotros los creyentes debemos asumir el mandamiento del amor, clave para ser discípulos de Cristo, también en esta perspectiva de colaborar para detener la degradación de nuestro planeta.

En las grandes metrópolis, como la nuestra, es urgente la toma de conciencia de todos los ciudadanos, sobre la necesidad de una ecología integral. Debemos aprovechar los extraños y dañinos síntomas, que hemos vivido en nuestra ciudad en los pasados días, para generar dicha conciencia.

Por su parte el Papa Francisco, en mayo de 2015 lanzó la alerta en la Carta Encíclica “Laudato Si”. Leeré los dos primeros números para ayudarnos a generar la sensibilidad sobre este tema:
“Laudato si’, mi’ Signore” – “Alabado seas, mi Señor”, cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: « Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba » (LAUDATO SI’, No. 1).

Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura (LAUDATO SI’, No 2).

Así el Papa Francisco ha lanzado su preocupación que debemos asumir todos. Está ya llevando a cabo diversas iniciativas para la toma de conciencia sobre esta indispensable ecología integral. Un servidor entre otros, estamos preparando el próximo Sínodo, convocado por el Papa Francisco, que tendrá lugar en Roma en octubre próximo, con el tema clave que es la Amazonía, el gran pulmón de la Tierra, amenazado por las diversas explotaciones de su riqueza natural, y por las grandes contaminaciones de las aguas. Es la punta del Iceberg porque esto en menores y diversas proporciones sucede en distintas regiones del planeta.

La segunda lectura del Apocalipsis afirmaba en boca del Apóstol Juan: vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía (Ap. 21, 1). Si nosotros no asumimos un estilo de vida acorde a la ecología, esto podrá suceder. Sin embargo también afirma el Apóstol: que vió descender una ciudad santa: “la morada de Dios con los hombres” (Ap. 21, 2-3 ).

Ya el Concilio Vaticano II en 1965 afirmaba: Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes No. 39).

Depende de nosotros el destino de nuestra casa: hacerla morada de Dios con los hombres o llevarla a una degradación insospechada. Los invito a que oremos a Dios, nuestro Padre que nos dió esta tierra, y a María de Guadalupe, que como madre entiende la importancia de cuidar y proteger la casa de sus hijos. Y trabajemos por extender entre nuestros familiares, amigos, y vecinos, la conciencia de un nuevo estilo de vida, en base a una ecología integral.

Por ello, expreso con un gesto sencillo, y apoyado por el Alcalde de Xochimilco, Jose Carlos Acosta Ruiz, la entrega de mil árboles a un grupo de jóvenes, que se han comprometido a sembrarlos para colaborar a la salvación de nuestra casa común: la Tierra.

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