Hay que encauzar los sentimientos eclesiales, por legítimos que sean, si pueden resultar destructivos


Hace unos días, una mujer me pasó un libro que era el análisis crítico de las memorias de un cardenal ya fallecido. No voy a dar ningún detalle sobre quién es el purpurado. Sea dicho de paso, la foto de arriba la he colocado por su belleza. Pero los asuntos del libro son agua pasada, agua bastante pasada.
Ya llevo el libro bastante avanzado y puedo dar un juicio sobre la obra. El libro de análisis es sencillamente demoledor respecto a la figura del cardenal. El laico analiza con un nivel de detalle y abundancia de datos el libro de memorias del cardenal que no cabe otra cosa que rendirse ante la evidencia.
Normalmente, suelo suspender juicio en este tipo de casos. Acerca de cualquier figura hay razones a favor y razones en contra. Pero, en este caso, conozco esa figura pública lo suficiente como para saber que lo que se dice allí es la pura verdad. Y no solo eso, sino que el autor (que ya se ve que es muy religioso) ha sido escrupuloso en el modo de tratar cada episodio.
¿Por qué no digo qué libro es si es tan bueno? Porque, como le dije a la esposa del autor:
…ahora bien, de forma pública, siempre oculto las vergüenzas de las personas sagradas. Otra cosa distinta es que la autoridad de la Iglesia deba poner orden en todos los niveles de los pastores, obispos incluidos.
Ella me contestó:
…pero cuando una persona, sea alma consagrada o seglar, se convierte en símbolo, referencia, maestro y director de orquesta de un proceso de descristianización de la sociedad, de rebeldía contra el magisterio oficial de la Iglesia, de confusión y desorientación del pueblo de Dios, de marginación de los Santos y de encumbramiento de los enemigos internos de la Iglesia… es necesario denunciar, explicar el problema y descubrir el engaño.
Sigo pensando que ha pasado demasiado poco tiempo desde su muerte como para hacer un análisis público de su persona. Pero el libro me dejaba la tristeza de comprobar cómo Dios permite que el que no es adecuado sea el que gobierne la herencia de Cristo. En esos casos, solo me queda callar y resignarme, tratar de hacer bien el trabajo que ha sido puesto en mis manos e intentar que la rabia de otros, en ocasiones legítima, sea encauzada.
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