El Maestro: Artesano de personas

“Los animo a renovar su pasión por el hombre en su proceso de formación y ser testimonios de vida y de esperanza…”,Papa Francisco

Fernando Díaz de Sandi Mora

Para poder aprender algo, se requiere de alguien que lo enseñe, que devele los secretos y misterios, que ofrezca las herramientas, consejos y recursos para que el aprendiz alcance a realizar el objetivo. Siempre es necesario el maestro.

Los maestros, más que ninguna otra cosa, son los guardianes de la civilización, los depositarios de la enseñanza que será sembrada como semilla en el campo fértil de las mentes humanas. De ahí la enorme responsabilidad de garantizar que la semilla sea en realidad valiosa, positiva y sana, de otra forma, los alumnos están condenados a vivir en el error de información corrompida, absurda, llena de parches y justificaciones cargadas de imbecilidad y deshumanización.

Todo un reto para el profesor de hoy, quienes enfrentan generaciones de niños y jóvenes con padres ausentes, con acceso a mares de información, llenos de una miserable visión de la vida, atrapados en redes sociales, con mentes anegadas de violencia, tentaciones de adicción, ambición, ansiosos de atención y reconocimiento. Si a todo esto le sumamos los “modernos” planes de estudio, que más bien parecen un manual para apagar las mentes y construir nueva mano de obra y devotos consumidores de este siglo. Y por si fuera poco, la falta de una vocación real, honesta y auténtica de muchos que se llaman “maestros”, pero que simplemente ocupan una plaza, un lugar en el aula, casi como parte del mobiliario, pero carentes de esa pasión, entusiasmo, profesionalismo y entrega que exige el arte de moldear las mentes humanas.

Jesús, el Maestro, ofrece con su vida una serie de cualidades imprescindibles en el arte de ser maestro: Ningún hombre puede ser un buen maestro a menos que tenga sentimientos de cálido afecto hacia sus alumnos y un legítimo deseo de inculcarles lo que cree de valor. Habla con la verdad, se ocupa de sus necesidades, los conoce y los llama por su nombre; adecua las enseñanzas a cada edad, persona o cultura, siempre dispuesto a explicar, escuchar e inspirar; pero lo más importante: es capaz de cualquier sacrificio con tal de salvaguardar los principios y valores en los que cree, aún por encima de cualquier riesgo.

Honor al maestro que haciendo lo que ama, enciende una luz en el alma de un niño. Bendición al maestro que se enfrenta a un sistema mediocre y a modo de intereses mezquinos. Fortaleza al maestro que lucha por derechos reales y justos sin descuidar su labor en las aulas. Y un llamado a todo ser humano que en sus manos tenga la bendita responsabilidad de formar y moldear el espíritu de otro, así sean hijos, amigos, hermanos o un desconocido. Un día, todos somos alumnos o maestros de otros.

Facebook: Fernando D´Sandi

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