Amor a Dios y al prójimo: bases del cuidado de la naturaleza

Karime Ramos Godoy

Inculcar el amor a Dios a nuestros hijos es el inicio para que ellos amen la naturaleza y la cuiden como deber ético básico. Como creyentes, tenemos la obligación de educar a nuestros hijos desde el amor a Dios, para que ellos puedan desarrollar amor propio, y, sobre todo, amor por el prójimo. Es ese amor al prójimo lo que lleva a entender el deber ético de cuidar nuestra casa común. Habitamos esta tierra gracias  a Él y tenemos la responsabilidad de cuidarla para rendirle cuentas y para que quienes nos sobrevivan puedan habitarla.

Vivir bien, de acuerdo a lo moralmente bueno, implica tener conciencia del otro, de que no habitamos solos en el planeta y que, además, no pasamos por esta tierra sin dejar huella. El paso del hombre es grabado por el planeta y si dicho paso es descuidado y dañino no resistirá.

Honrar a Dios es agradecerle los dones recibidos, el espacio que nos brinda para vivir y educar a nuestros hijos desde el cuidado al prójimo y a la naturaleza es nuestro deber; nada hemos hecho para merecer la casa que nos ha sido otorgada en custodia.  “Si la tierra nos es donada ya no podemos pensar sólo desde un criterio utilitarista de eficiencia y productividad para el beneficio individual. No estamos hablando de una actitud opcional, sino de una cuestión básica de justicia, ya que la tierra que recibimos pertenece también a los que vendrán (Laudato si, n. 159)

 “El auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y «tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado >>.” (Laudato si, n. 5)

Formémonos y formemos familias que entiendan que el verdadero desarrollo de la humanidad se logra si se actúa siempre y en todo momento, pensando en el bien común, en el bienestar nuestro y del otro y en preservar nuestro planeta, eso es vivir éticamente, entendiendo que no podemos llamarnos seguidores de Dios y del bien si nuestras acciones, todas y cada una de ellas, no se encaminan a cuidar todo lo que gracias a Él tenemos.

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