Homilía Domingo 2º PAscua (Divina Misericordia)

(Cfr. www.almudi.org)

 
 
 
(Hch 5,12-16) "Crecía el número de los creyentes"
(Ap 1,9-11a.12-13.17-19) "Yo soy el primero y el último"
(Jn 20,19-31) ¡Señor mío y Dios mío!

Homilía con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

--- El hombre “del consumo”
“La tarde del primer día de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban los discípulos por temor de los judíos” (Jn 20,19). Con estas palabras comienza la lectura del Evangelio.
“Estando cerradas las puertas... por temor”.
Ya en la mañana, llegó a los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo, la noticia de que el sepulcro, donde había sido puesto Cristo, estaba vacío. La piedra, sellada por la autoridad romana, a petición del Sanedrín, había sido removida. Estaban ausentes los guardias que por iniciativa y orden del mismo Sanedrín debían vigilar junto a la tumba.
Las mujeres, que “muy de madrugada” habían ido al sepulcro de Jesús, pudieron entrar a la tumba sin dificultad. Luego, pudieron hacer lo mismo también Pedro, informado por ellas, y Juan juntamente con él. Pedro entró en el sepulcro; vio los lienzos y el sudario, colocado aparte, con los que había sido envuelto el cuerpo del Maestro. Los dos comprobaron que el sepulcro estaba vacío y abandonado. Creyeron en la veracidad de las palabras que les habían dicho las mujeres, sobre todo María Magdalena; sin embargo... no habían comprendido aún la Escritura, según la cual Él debía resucitar de entre los muertos (cfr. Jn 20,1 ss.).
Regresaron, pues, al Cenáculo, esperando el desarrollo ulterior de los acontecimientos. Si el Evangelista Juan, que participó activamente en todo esto, escribe que “se encontraban (en el Cenáculo) con las puertas cerradas por temor a los judíos”, esto quiere decir que el temor, en el curso de ese día, fue en ellos más fuerte que los otros sentimientos. Más bien no esperaban nada bueno del hecho de que el sepulcro estuviese vacío; esperaban incluso nuevas molestias; vejaciones por parte de los representantes de las autoridades judías. Este fue un simple temor humano, proveniente de la amenaza inmediata. Sin embargo, en el fondo de este inmediato miedo-temor por ellos mismos, había un temor más profundo, causado por los acontecimientos de los últimos días. Este temor, comenzó la noche del jueves, había llegado a su culmen en la noche del Viernes Santo, permanecía aún, paralizando todas las iniciativas.
Era el temor que nacía de la muerte de Cristo.
Efectivamente, cuando un día preguntó: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” (Mt 16,13), le habían traído diversas voces y opiniones sobre Cristo; y, luego, interrogados directamente: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” (Mt 16,15), habían escuchado y aceptado en silencio, como propias, las palabras de Simón Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).
Por lo tanto, en la cruz murió el Hijo de Dios vivo.
El temor que se había apoderado del corazón de los Apóstoles, tenía sus raíces más profundas en esta muerte: fue el temor nacido, por decirlo así, de la muerte de Dios.
El temor atormenta también a la generación contemporánea de los hombres, quizá lo sienten más profundamente aquellos que han aceptado la muerte de Dios en el mundo humano.
Este temor no se encuentra en la superficie de la vida humana.
La actitud “consumística” no toma en consideración toda la verdad sobre el hombre, ni la verdad histórica, ni la social, ni la interior y metafísica. Más bien es una huida de esta verdad. No toma en consideración toda la verdad sobre el hombre. El hombre es creado para la felicidad. ¡Sí! ¡Pero la felicidad del hombre no se identifica en absoluto con el gozar! El hombre orientado “consumísticamente” pierde, en este goce, la dimensión plena de su humanidad, pierde la conciencia del sentido más profundo de la vida. Esta orientación del progreso mata, pues, en el hombre lo que es más profunda y esencialmente humano.
Pero el hombre rehuye de la muerte.
El hombre tiene miedo a la muerte.
El hombre se defiende de la muerte.

--- Cristo vive
Los Apóstoles reunidos en el Cenáculo de Jerusalén eran presa del miedo: “Estando las puertas cerradas... por temor”. Había muerto en la cruz el Hijo de Dios.
El temor, que atormenta a los hombres modernos, ¿acaso no nace también, en su raíz más profunda, de la “muerte de Dios”?
No de aquella sobre la cruz, que se convirtió en el comienzo de la resurrección y en la fuente de la glorificación del Hijo de Dios y, a la vez, en el fundamento de la esperanza humana y en el signo de la salvación; no de ésa.
Sino de la muerte, con la que el hombre hace morir a Dios en sí mismo. El hombre se substrae y substrae al mundo de Dios, pensando que sólo de este modo podrá entrar en su plena posesión, convirtiéndose en el dueño del mundo y de su propio ser. El hombre, pues, “hace morir” a Dios en sí mismo y en los otros. A esto se encaminan enteros sistemas filosóficos, programas sociales, económicos y políticos. Por esto vivimos en la época de un gigantesco progreso material, que es también la época de una negación de Dios, antes desconocida.
El hombre que hace morir a Dios, no encontrará siquiera un freno decisivo para no matar al hombre. Este freno decisivo está en Dios. La razón última de que el hombre viva, respete y proteja la vida del hombre, está en Dios. ¡Y el fundamento último del valor y de la dignidad del hombre, del sentido de su vida, es el hecho de que es imagen y semejanza de Dios!
La tarde de ese día, el primero después del sábado, estando los Apóstoles con las puertas cerradas “por temor a los judíos”, Jesús vino a ellos. Entró, se puso en medio de ellos y les dijo: “La paz sea con vosotros” (Jn 20,19).
¡Luego Él vive! El sepulcro vacío no significa sino que Él había resucitado, como había predicho. Vive, y he aquí que viene a ellos, al mismo lugar que con ellos había dejado la tarde del jueves después de la cena pascual. Vive, en su propio cuerpo. Efectivamente, después de saludarles, “les mostró las manos y el costado” (Jn 20,20). ¿Por qué? Ciertamente porque allí habían quedado las señales de la crucifixión. Por lo tanto, es el mismo Cristo que fue crucificado y que murió en la cruz, y ahora vive. Es Cristo resucitado. En la mañana del mismo día no se dejó entretener por Magdalena; y ahora “les muestra -a los Apóstoles- las manos y el costado”.
“Los discípulos se alegraron viendo al Señor” (Jn 20,20). ¡Se alegraron! Esta palabra es sencilla y a la vez profunda. No habla directamente de la profundidad y de la potencia de la alegría, de que se hicieron partícipes los testigos del Resucitado, pero nos permite intuirlo. Si su temor tenía las raíces más profundas en el hecho de la muerte del Hijo de Dios, entonces la alegría del encuentro con el Resucitado debía estar en consonancia con ese temor. Debía ser mayor que el temor. Esta alegría era tanto mayor, en cuento, humanamente, era más difícil de aceptar. Y cuán difícil resultase, lo testimonia el comportamiento posterior de Tomás, que “no estaba con ellos cuando vino Jesús” (Jn 20,24).
Esta alegría es sencilla, con toda la sencillez del Evangelio y, a la vez, es profunda con toda su profundidad. Y la profundidad del Evangelio es tal, que en él está contenido completamente todo el hombre. Está contenido en él superabundantemente: con toda su voluntad, con toda la aspiración de su espíritu y con todos los deseos de su “corazón”. Está contenido también con la profundidad de ese temor suyo, que nace de la “muerte de Dios”, y que nace también de la perspectiva de la “muerte del hombre”.
Estos tiempos en que se ha obrado con la perspectiva de la “muerte del hombre” exigen el testimonio de la resurrección del Crucificado.
“Jesucristo es el mismo hoy, ayer y por los siglos” (Hb 13,8). Más aún. Escuchemos el Apocalipsis de Juan Apóstol. Él da un testimonio especial de este Cristo de ayer, de hoy y de mañana: “Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Él puso su mano derecha sobre mí diciendo: «No temas, soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del infierno” (Ap 1,17-18).
Poder sobre la muerte...
Sí. La única llave contra la muerte del hombre la posee Él: el Hijo de Dios vivo, Él, Testigo de Dios vivo: “El Primero y el Ultimo y el Viviente”.

--- El pecado
En el acontecimiento evangélico y litúrgico de hoy hay también un Apóstol incrédulo y obstinado en su no-fe: “Si no veo... no creeré” (Jn 20,25).
Cristo dice: “Mira”... comprueba... “y no seas incrédulo...” (Jn 20,25). O quizá bajo la no-fe está incluso el pecado, el pecado inveterado, al que los hombres modernos no quieren llamar por su nombre, para que el hombre no lo llame así y no busque su remisión. Cristo dice: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos” (Jn 20,22-23). El hombre puede llamar al pecado por su nombre, no está obligado a falsificarlo en sí mismo, porque la Iglesia ha recibido de Cristo el poder y la potencia sobre el pecado para bien de las conciencias humanas.
Toda la Iglesia anuncia hoy a todos los hombres la alegría pascual, en la que resuena la victoria sobre el temor del hombre. Sobre el temor de las conciencias humanas, nacido del pecado. Sobre el temor de toda la existencia, nacido de la “muerte de Dios” en el hombre, en la cual se abren las perspectivas de una múltiple “muerte del hombre”.
Esta es la alegría de los Apóstoles congregados en el Cenáculo de Jerusalén. Es la alegría pascual de la Iglesia, que en este Cenáculo tuvo comienzo. Ella tiene su comienzo en la tumba desierta en el Gólgota, y en los corazones de esos hombres sencillos que “la tarde de ese mismo día, el primero después del sábado”, ven al Resucitado y escuchan de sus labios el saludo “¡La paz sea con vosotros!”.
DP-98 1980
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