Conversión: El regreso a casa

“…estamos hechos para el fuego que siempre arde,para Dios, para la eternidad del Cielo, no para el mundo”, Papa Francisco

Fernando Díaz de Sandi Mora

Vivimos “en la casa del jabonero”, siempre expuestos a los yerros y pifias que comprometen nuestra paz, felicidad y bienestar personal y colectivo. Nos equivocamos y vamos por la vida cometiendo toda clase de absurdas acciones que de una forma u otra vienen a impactar en la vida personal, la convivencia, el orden natural de las circunstancias. De ahí el mítico adagio que versa: “errar es humano”.

El problema no es equivocarse, sino la terquedad de permanecer en el error y cometer esa anulación, ese auto descartarse de cualquier tipo de gracia o perdón y terminar, incluso enamorados y aferrados a nuestras fallas, actitud que nos lleva a desarrollar hábitos que se convierten en vicios y terminamos siempre tropezando con la misma piedra.

El arrepentimiento no tiene por qué ser un acto negativo, ya que nos ayuda a conocernos y a crecer como personas. Es un estado emocional que muchos utilizan a la ligera. Seguro que conoces a alguien que se enorgullece al decir: “yo no arrepiento nada de todo lo hecho y dicho en mi vida”.

Desde mi perspectiva es una postura errónea. Si hay algo que nos aporta el arrepentimiento es la oportunidad de cambiar para aprender de un hecho concreto y poder actuar así con mayor integridad, respeto y madurez personal. A lo largo de la vida podemos asumir errores y descartar alternativas para avanzar de forma más sabia. Quien no se arrepiente de nada es porque no acepta muchos de sus propios fallos, vivencias, ofensas o relaciones con personas que quizás hubiera podido evitar.

Cuando no ejercemos y ejercitamos el arrepentimiento, la consciencia se entume, se nubla y el corazón se endurece, haciéndonos percibir como “normal” aquello que es erróneo, nocivo y hasta peligroso para nuestra integridad física, moral, mental y espiritual, afectando toda nuestra vida.

El hombre que no se arrepiente se aleja de Dios, de los demás y de sí mismo, se transforma en un ermitaño que vive y respira su error, hundiéndose en el vacío y la desesperanza. No nacimos para fallar, pero ciertamente fuimos hechos para ser perdonados, comprendidos desde la gracia y misericordia de Dios quien espera que arrepentidos y dispuestos a cambiar, volvamos a casa, llenos de humildad y con la intención firme de mejorar. No basta con lamentarlo, no basta con llorar: quien se arrepiente de verdad cambia.

Analiza tu vida y comienza tu camino de arrepentimiento: haz esa llamada y discúlpate, pasa más tiempo con la familia, realiza mejor tu trabajo, renuncia a la crítica, en fin, lo que sea que demuestre tu disposición para ser una versión renovada y mejorada del ser que eres.

Dios te espera, sin reclamos, más bien con una fiesta de amor.

Facebook/Fernando D’ Sandi

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