Ante los ojos del teólogo Ratzinger: “el antídoto contra el mal es el amor de Dios”

Pastoral para la Comunicación.- En medio de la compleja realidad que afronta la Iglesia Católica respecto a la Protección de Menores, la aportación del teólogo Ratzinger no se hace esperar, en efecto, el Papa Emérito Benedicto XVI ofrece un contexto histórico sobre el problema de los abusos sexuales, en que se refiere a los efectos en la vida de los sacerdotes y, en la parte final, hace una propuesta para una adecuada respuesta a este flagelo que ha dañado gravemente a la Iglesia.

Es así, como es el Papa Emérito entra en la faena de “ayudar en esta hora difícil” como el mismo lo señala. Aquí, alguna disertación del texto:

 

“Ya que yo mismo he servido en una posición de responsabilidad como pastor de la Iglesia en una época en la que se desarrolló esta crisis y antes de ella, me tuve que preguntar –aunque ya no soy directamente responsable por ser emérito– cómo podía contribuir a ese nuevo comienzo en retrospectiva. Entonces, desde el periodo del anuncio hasta la reunión misma de los presidentes de las conferencias episcopales, reuní algunas notas con las que quiero ayudar en esta hora difícil. Habiendo contactado al Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal (Pietro) Parolin, y al mismo Papa Francisco, me parece apropiado publicar este texto en el “Klerusblatt”.

Se pregunta si ¿Deberíamos crear otra Iglesia para que las cosas funcionen? Ese experimento ya se ha realizado y ha fracasado. Sólo la obediencia y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino, así que primero tratemos de entender nuevamente y desde adentro de nosotros mismos lo que el Señor quiere y ha querido con nosotros. En consecuencia reafirma que el Señor ha iniciado una narrativa de amor con nosotros y quiere abarcar a toda la creación en ella. La forma de pelear contra el mal que nos amenaza a nosotros y a todo el mundo, sólo puede ser, al final, que entremos en ese amor. Es la verdadera fuerza contra el mal, ya que el poder del mal emerge de nuestro rechazo a amar a Dios.

En el contexto contemporáneo se acuñó la frase de la muerte de Dios. Cuando Dios muere en una sociedad –se nos dijo– ésta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta que nos enseña a distinguir el bien del mal.

Lo que desate que hoy nos preguntemos ¿Por qué la pedofilia llegó a tales proporciones? Al final de cuentas, la razón es la ausencia de Dios. Nosotros, cristianos y sacerdotes, también preferimos no hablar de Dios porque este discurso no parece ser práctico. Aquí, una razón contundente del teólogo Ratzinger, orientada a una tarea primordial, que tiene que resultar de las convulsiones morales de nuestro tiempo, es que nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él. Por encima de todo, nosotros tenemos que aprender una vez más a reconocer a Dios como la base de nuestra vida en vez de dejarlo a un lado como si fuera una frase no efectiva.

En razón de que la crisis, causada por los muchos casos de abusos de clérigos, nos hace mirar a la Iglesia como algo casi inaceptable que tenemos que tomar en nuestras manos y rediseñar. Pero una Iglesia que se hace a sí misma no puede constituir esperanza. Por ello, el Papa emérito desenmascara la idea de una Iglesia mejor, hecha por nosotros mismos, es de hecho una propuesta del demonio, con la que nos quiere alejar del Dios viviente usando una lógica mentirosa en la que fácilmente podemos caer. No, incluso hoy la Iglesia no está hecha sólo de malos peces y mala hierba. La Iglesia de Dios también existe hoy, y hoy es ese mismo instrumento a través del cual Dios nos salva.

Por lo tanto, sí, hay pecado y mal en la Iglesia, pero incluso hoy existe la Santa Iglesia, que es indestructible. Además hoy hay mucha gente que humildemente cree, sufre y ama, en quien el Dios verdadero, el Dios amoroso, se muestra a Sí mismo a nosotros. Dios también tiene hoy Sus testigos (“mártires”) en el mundo. Nosotros sólo tenemos que estar vigilantes para verlos y escucharlos. El hoy de la Iglesia es más que nunca una Iglesia de mártires y por ello un testimonio del Dios viviente. Si miramos a nuestro alrededor y escuchamos con un corazón atento, podremos hoy encontrar testigos en todos lados, especialmente entre la gente ordinaria, pero también en los altos rangos de la Iglesia, que se alzan por Dios con sus vidas y su sufrimiento.

En definitiva, atestigua “vivo en una casa, en una pequeña comunidad de personas que descubren tales testimonios del Dios viviente una y otra vez en la vida diaria, y que alegremente me comentan esto. Ver y encontrar a la Iglesia viviente es una tarea maravillosa que nos fortalece y que, una y otra vez, nos hace alegres en nuestra fe”.

Al final de sus reflexiones, el Papa Emérito Benedicto XVI agradeció al Papa Francisco “por todo lo que hace para mostrarnos siempre la luz de Dios que no ha desaparecido.

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