Nueve nuevos beatos seminaristas españoles, mártires en Asturias

Roberta Barbi – Ciudad del Vaticano

No hay mayor prueba que la de dar la vida por lo que se ama: es la enseñanza de los mártires entre los cuales se incluyen a los nuevos nueve que han sido beatificados hoy, todos muy jóvenes, que prefirieron morir antes que esconderse por ser perseguidos a causa de su fe. Todos ellos eran seminaristas enamorados del Señor que ya habían hecho una elección muy concreta: ofrecerle su vida. Y lo hicieron hasta el último sacrificio. Una opción de fidelidad a Cristo "que debe ser una enseñanza a todos los sacerdotes para que tomen en serio su llamada", tal como lo subrayó el Cardenal Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos en su homilía pronunciada en la Catedral de Oviedo.

España estaba al borde de la guerra civil

El año 1934 fue muy difícil en Asturias: las demandas sindicales de los mineros se multiplicaban, las fuerzas de la izquierda anarquista unían sus fuerzas con el objetivo de abolir la Constitución republicana y establecer un Estado socialista. Se trata de los precursores de lo que será recordado en la historia como la Guerra Civil Española, que se desarrolló entre los años 1936 y 1939 y que a su vez será el preludio de la Segunda Guerra Mundial. El levantamiento asturiano, cuidadosamente preparado en los meses anteriores, estalló el 5 de octubre de 1934 con el ataque a la Guardia Civil. Hubo enfrentamientos por todas partes, pero los más sangrientos fueron en Oviedo, donde muchas personas, especialmente sacerdotes y religiosos, fueron ejecutados sin motivo.

"Serán 6.832, al final, las víctimas de la Guerra civil española entre sacerdotes, religiosos y religiosas. Y a esto hay que añadir todas las víctimas laicas, asesinadas tan sólo por profesar la religión católica", recordó el Cardenal Becciu.

“ Me siento pequeño ante estas figuras: es una invitación para mí, y para todos los sacerdotes, a vivir nuestra vocación con plenitud y seriedad. ”

Los seminaristas de Oviedo, incómodos testigos de la fe

A finales del verano de 1934, Ángel Cuartas Cristóbal fue uno de los muchos seminaristas que, después de terminar sus vacaciones familiares, debían volver al seminario mayor de Oviedo, donde estudió y donde unos meses antes había sido ordenado subdiácono. Octavo de nueve hijos, fue el orgullo de su familia, la misma que le aconsejó que no volviera a Oviedo porque estaban sucediendo cosas malas. Pero él no obedece: sabe que el Señor lo quiere allí, para cumplir con su deber, y tal vez que también lo matarían "in odium fidei", como a sus cinco compañeros que, como él, habían decidido volver. He aquí quiénes fueron estos jóvenes mártires:

Mariano Suárez Fernández, decidido a continuar sus estudios porque ese año tenía que hacer los votos; Jesús Prieto López, de una familia tan pobre que sus estudios habían sido pagados por el párroco; César Gonzalo Zurro Fanjul, quien murió gritando "¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la España católica!"; José María Fernández Martínez, huérfano de madre e hijo de un padre minero; Juan José Castañón Fernández, el más joven del grupo, quien tenía tan sólo 18 años; mientras el más grande de ellos contaba 24.

La intensificación del conflicto: los mártires de 1936-1937

La situación se agrava y la violencia, como un virus, se extiende por todo el país: "El ateísmo debía ser el nuevo rostro del hombre moderno", puso de manifiesto el Cardenal Becciu. Y esa ideología siguió cosechando víctimas, laicas y religiosas, como los otros tres jóvenes beatificados hoy. Manuel Olay Colunga, que ya había escapado de la muerte en Asturias dos años antes, logrará esconderse durante un año antes de ser encontrado y asesinado; Sixto Alonso Hevia, arrestado junto con su padre, ferviente católico, y con él detenido durante mucho tiempo en la parroquia del país, utilizada como prisión, antes de ser martirizado en 1937; y, por último, Luis Prado García, que también había cumplido su servicio militar, y quien fue asesinado en la playa de Gijón.

"Me siento pequeño ante estas figuras – concluyó el Cardenal Becciu – es una invitación para mí, y para todos los sacerdotes, a vivir nuestra vocación con plenitud y seriedad".

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