Qué bonitas eran las vidrieras antiguas. Las modernas son horriblemente espantosas.


La vidriera que he puesto es de Santa Margarita de Escocia. La última monarca de ese reino fue católica.

Dios ha puesto siempre personas a mi lado que han sido manifestación de su amor por mí. En mi primera parroquia, sobre todo puso a un matrimonio que me trataron como a un hijo. Su afecto fue imprescindible en una parroquia con problemas tremendos. Su consejo siempre fue sabio. Con ellos junto a mí, nunca me sentí solo.
En mi segunda parroquia, Dios puso a una santa que me guio por el buen camino, también puso a un grupito de parroquianos se convirtieron un apoyo necesario. Con ellos cenaba, comentaba las cuestiones, me iba con ellos al cine. Qué gratos recuerdos.
En mi tercera parroquia, la sacristana hizo de madre. Toda su familia me acogió como a uno más en casa, en las cenas de Nochevieja. Continúo esa relación diez años después de salir de esa parroquia. A esa sacristana la quiero ahora tanto como entonces.
Cuando estuve en Roma, tuve varios amigos que acompañaron mis años, mis cenas, mis paseos. No estaban allí por casualidad. Ellos fueron la materialización de ese amor de mi padre Dios. Sin ellos, mi estancia en Roma hubiera estado acompañada solo de libros.
En mi regreso a Alcalá, otra vez Dios puso en mi camino a una persona que ha cumplido esa misión de acompañarme, aconsejarme y rezar por mí.
Gracias a todos. Cada uno con su carácter, con su personalidad, con sus virtudes, pero cada uno me ayudó y me alegró la vida porque así lo quiso Dios. Cuando me hago amigo de alguien, continúo mi amistad para siempre. Pocas cosas alegran tanto mi existencia como la amistad.
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