noviembre 2014
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ROMA, 30 Nov. 14 (ACI/EWTN Noticias).- En la habitual rueda de prensa que concede luego de concluir un viaje internacional durante el vuelo de retorno, esta vez desde Estambul (Turquía) el Papa Francisco habló brevemente sobre el Sínodo de la Familia que se realizó del 5 al 19 de octubre en el Vaticano.

Probablemente uno de los temas que más titulares generó entre la prensa mundial durante la realización del Sínodo de los Obispos fue la publicación de la llamada “Relatio post disceptationem” (La Relación después de la discusión), que resumía el estado de la discusión de la primera semana de debates.


Entre otras cosas que se dijo en diversos medios de comunicación, se afirmaba por ejemplo que el Papa Francisco –y con él toda la Iglesia– le abría las puertas a los matrimonios homosexuales.


Lo que sí sucedió es que el texto fue duramente criticado por los mismos obispos que se reunieron luego en los llamados “círculos menores” en tres idiomas distintos, en los que rechazaron además los muchos problemas de traducción que se habían verificado en relación a este documento.


Luego de los debates finales en los círculos menores, los Obispos acordaron la redacción del documento llamado “Relatio Synodi” que recoge lo dicho finalmente por los prelados que servirá de base para el Sínodo de la Familia de 2015.


Sobre este tema, el Papa Francisco dijo que “el Sínodo es un recorrido, es un camino. No es un Parlamento; es un espacio protegido para que se pueda hablar sobre el Espíritu Santo. Tampoco con la relación final se termina el recorrido. Por ello no se puede tener una opinión de una persona o de un borrador”.


El Papa dijo luego: “no estoy de acuerdo (es mi opinión) con que se diga públicamente: ‘Este dijo esto’, sino que se haga público, como sucedió, solamente lo que se dijo: el Sínodo no es un Parlamento. Se requiere protección para que pueda hablar el Espíritu Santo”.


ROMA, 30 Nov. 14 (ACI/EWTN Noticias).- Durante la conferencia de prensa de 46 minutos a su regreso de Turquía, el Papa Francisco reflexionó sobre el ecumenismo, y señaló la existencia de un “ecumenismo de sangre” entre cristianos de diversas denominaciones en Medio Oriente, en el que “nuestros mártires están gritando: ‘¡Somos uno!’”.

Citado por Vatican Insider, el Santo Padre señaló que piensa que con los ortodoxos “estamos en camino; tienen sacramentos y sucesión apostólica. Estamos en camino”.


Para Francisco, “si tenemos que esperar a que los teólogos se pongan de acuerdo… ¡No llegará nunca ese día!”.


“Soy escéptico: trabajan bien los teólogos, pero Atenágoras había dicho: ‘¡Pongamos a los teólogos en una isla para que discutan y nosotros seguimos adelante!’”.


“La unidad es un camino que se debe hacer, y se debe hacer juntos; es el ecumenismo espiritual, rezar juntos, trabajar juntos. Y luego está el ecumenismo de la sangre: cuando estos matan a los cristianos, la sangre se mezcla. Nuestros mártires están gritando: ‘¡Somos uno!’”.


Francisco reconoció que “es algo que tal vez algunos no pueden entender. Las Iglesias orientales católicas tienen derecho de existir, pero el uniatismo es una palabra de otra época. Hay que encontrar otra vía”.


Abordando el tema del Primado de Pedro en la Iglesia, Francisco, recordó una reciente reunión con el metropolita Hilarión, presidente del Departamento para las relaciones externas del Patriarcado de Moscú, y destacó que “hay que continuar con la petición de Juan Pablo II: ‘Ayúdenme a encontrar una fórmula de primado aceptable para las Iglesias ortodoxas’”.


El Papa aseguró que “lo que siento más profundamente en este camino para la unidad es la homilía que hice ayer sobre el Espíritu Santo: solo el camino del Espíritu Santo es correcto. Él es sorpresa, Él es creativo”.


“El problema -y esta tal vez sea una autocrítica, pero lo dije también en las Congregaciones generales antes del Cónclave- es que la Iglesia no tiene luz propia, debe ver a Jesucristo”.


“Las divisiones existen porque la Iglesia se ha visto demasiado a sí misma”, dijo.


El Santo Padre señaló que “mientras comíamos hoy, con (el Patriarca Ecuménico) Bartolomé, hablamos del momento en el que un cardenal fue a llevar la excomunión del Papa al Patriarca: la Iglesia se veía demasiado a sí misma en ese momento”.


“Cuando nos vemos a nosotros mismos nos volvemos auto-referenciales”.


Francisco destacó que “los ortodoxos aceptan el primado: en las letanías de hoy rezaron por su pastor y primado, ‘aquel que camina primero’. Lo dijeron hoy ante mí”.


“Para encontrar una fórmula aceptable debemos ir al primer milenio. No digo que la Iglesia se haya equivocado (en el segundo milenio), ¡no! Hizo su camino histórico. Pero ahora el camino es seguir adelante con la petición de Juan Pablo II”.


El Papa destacó que las preocupaciones de los conservadores que sospechan de la apertura hacia los ortodoxos no son solo un problema de la Iglesia Católica, sino que “este es también un problema de los ortodoxos, de algunos monjes y de algunos monasterios”.


“Por ejemplo, desde los tiempos del beato Pablo VI se discute sobre la fecha de la Pascua y no nos ponemos de acuerdo. Con este ritmo, nuestros tataranietos la van a celebrar en agosto”.


Francisco recordó que “el beato Pablo VI había propuesto una fecha fija, un domingo de abril”.


“Una vez, mientras yo estaba en Vía della Scorta y se estaban haciendo los preparativos para la Pascua, escuché a un oriental que decía: ‘Mi Cristo resucita dentro de un mes’. Mi Cristo, tu Cristo… Hay problemas”.


Sin embargo, subrayó, “debemos ser respetuosos y no cansarnos de dialogar, sin insultar, sin ensuciarse, sin chismear”.


“Pero si uno no quiere dialogar. Pero se necesita paciencia, mansedumbre y diálogo”, aseguró.


Más información del viaje del Papa a Turquía en https://www.aciprensa.com/turquia2014/


ESTAMBUL, 30 Nov. 14 (ACI).- A la salida de la Catedral del Espíritu Santo en esta importante ciudad turca en donde el Papa Francisco estuvo hasta hace unas horas, el Santo Padre también hizo gala de su buen humor y le hizo una sencilla broma futbolera al cónsul general de Brasil en Turquía.

"Me agarró la mano y no me soltaba", contó al diario argentino La Nación Mercedes Parodi, segunda en el consulado general argentino de Estambul que fue testigo de la broma del Papa al diplomático brasileño.


"Entonces, el cónsul de Brasil, que estaba detrás de mí, lo saludó diciéndole: ‘Su Santidad, soy el cónsul general de Brasil’, y el Papa le contestó: ‘mucho gusto. Dígame: ¿quién es mejor? ¿Maradona o Pelé?’", contó Parodi sorprendida por las espontáneas palabras del Santo Padre.


(VIDEO) Pelé y Maradona en el once ideal de Touré http://t.co/LbZWfF3exL pic.twitter.com/YQhhy2ytEi


— Ecuavisa (@ecuavisa) noviembre 25, 2014

No fue la única. Entre los argentinos presentes en la Misa, hubo otros que tuvieron momentos igual de inolvidables. Uno de ellos fue Juan José Arcuri, embajador argentino.


"Me presenté no sólo como embajador en el país, sino como ex alumno suyo y él se acordaba perfectamente", contó el jefe de la legación diplomática, que viajó especialmente desde Ankara para estar presente en la misa.


"Fui su alumno en El Salvador en 1966, cuando él, antes de ser ordenado cura, era maestrillo y enseñaba literatura española... Jugaba al fútbol con nosotros", evocó.


ROMA, 30 Nov. 14 (ACI).- Con una Misa presida por el Cardenal brasileño João Braz de Aviz en la Basílica de San Pedro, hoy se inició el Año de la Vida Consagrada convocado por el Papa Francisco y que durará hasta el 2 de febrero de 2016.

El Purpurado brasileño, Prefecto de la Congregación para los Institutos de la Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica fue quien inauguró este Año de la Vida Consagrada debido al viaje que hizo este fin de semana el Papa a Turquía.


Sin embargo, el Papa Francisco envió hoy un mensaje a los religiosos y consagrados de todo el mundo para pedirles que contagien su alegría y sean valientes, al tiempo que los alentó a que “con la fuerza del Espíritu Santo que los acompaña, vayan por los caminos del mundo y mostrad la potencia innovadora del Evangelio (…) que puesta en práctica puede también hoy dar respuesta a todos los interrogantes del hombre”.


En ocasión del Año de la Vida Consagrada, el Pontífice también ha dispuesto conceder la indulgencia plenaria para todos los fieles, siguiendo las condiciones habituales: confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre.


Las demás condiciones propias de esta disposición del Papa Francisco para obtener la indulgencia plenaria pueden verse en: https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-concede-indulgencia-plenaria-por-el-ano-de-la-vida-consagrada-70196/


ROMA, 30 Nov. 14 (ACI).- El Papa Francisco pidió hoy a los religiosos que “contagien vuestra alegría” y “sean valientes”, en un mensaje enviado al iniciarse hoy el Año de la Vida Consagrada que se celebrará hasta el 2 de febrero de 2016.

El Papa, que se encuentra en Turquía, envió un mensaje en el que afirma que “con la fuerza del Espíritu Santo que os acompaña, andad por los caminos del mundo y mostrad la potencia innovadora del Evangelio” que “puesta en práctica puede también hoy dar respuesta a todos los interrogantes del hombre”.


El texto fue leído en la Misa de inicio del Año de la Vida Consagrada, que en nombre del Papa Francisco ha celebrado el Cardenal brasileño João Braz de Aviz, Prefecto de la Consagración para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.


En el texto, el Pontífice expresa la “gran alegría” que alberga por el comienzo del Año de la Vida Consagrada.


“He querido sobre todo proponer a toda la Iglesia la belleza y la preciosidad de esta peculiar forma de seguir a Cristo, representada por todos vosotros que habéis decidido dejarlo todo para imita a Cristo”


El Santo Padre señala asimismo que “a través de una multiplicidad de iniciativas en los próximos meses en Roma como en cada parte del mundo, vuestro luminoso testimonio de vida será como una lámpara puesta sobre el candelero para dar luz y calor a todo el pueblo de Dios”.


Además, quiso “renovar” la invitación a todos los superiores generales a “despertad al mundo” y a “iluminar con vuestro testimonio profético y a contracorriente”.


Para ello el Papa indicó que se debe “vivir con alegría”, “mostrar a todos que seguir a Cristo y poner en práctica su Evangelio llena vuestro corazón de felicidad”.




Francisco y Bartolomé I: “No podemos resignarnos a un Medio Oriente sin cristianos”









Estambul (Turquía) (AICA): Al finalizar la Celebración de la Divina Liturgia en la iglesia ortodoxa de san Jorge en Estambul, el patriarca Bartolomé y el papa Francisco se asomaron al balcón del patriarcado ecuménico y han bendecido contemporáneamente a los fieles que se encontraban en el patio. El Papa hizo la bendición en latín, el patriarca en griego. Seguidamente se dirigieron a la Sala del Trono para leer y firmar una Declaración Conjunta, tal y como hicieron en su encuentro en Jerusalén el pasado mes de mayo. De este modo han “reafirmado juntos nuestras comunes intenciones y preocupaciones”.



Al finalizar la Celebración de la Divina Liturgia en la iglesia ortodoxa de san Jorge en Estambul, el patriarca Bartolomé y el papa Francisco se asomaron al balcón del patriarcado ecuménico y han bendecido contemporáneamente a los fieles que se encontraban en el patio. El Papa hizo la bendición en latín, el patriarca en griego. Seguidamente se dirigieron a la Sala del Trono para leer y firmar una Declaración Conjunta, tal y como hicieron en su encuentro en Jerusalén el pasado mes de mayo. De este modo han “reafirmado juntos nuestras comunes intenciones y preocupaciones”.

Ambos comprometen su sincera y firme intención “de intensificar nuestros esfuerzos por la promoción de la plena unidad entre todos los cristianos y sobre todo entre católicos y ortodoxos”. Se puede leer en el texto que quieren “mantener el diálogo teológico promovido por la Comisión Mixta Internacional” que “está tratando actualmente las cuestiones más difíciles que han marcado la historia de nuestra división y que requieren un estudio atento y profundo”.




Asimismo, manifiestan su preocupación “por la situación en Irak, en Siria y en todo Oriente Medio”. Estamos unidos en el deseo -afirman- de paz y de estabilidad y en la voluntad de promover la resolución de conflictos a través del diálogo y la reconciliación. Y a propósito hacen un llamamiento a los que tienen la responsabilidad del destino de los pueblos “para que intensifiquen su compromiso por las comunidades que sufren y les consientan, incluidas las cristianas, permanecer en su tierra natal”. No podemos resignarnos a un Oriente Medio sin cristianos, afirmaron.




Texto de la Declaración Conjunta



Nosotros, el Papa Francisco y el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, expresamos nuestra profunda gratitud a Dios por el don de este nuevo encuentro que, en presencia de los miembros del Santo Sínodo, del clero y de los fieles del Patriarcado Ecuménico, nos permite celebrar juntos la fiesta de san Andrés, el primer llamado y hermano del Apóstol Pedro. Nuestro recuerdo de los Apóstoles, que proclamaron la buena nueva del Evangelio al mundo mediante su predicación y el testimonio del martirio, refuerza en nosotros el deseo de seguir caminando juntos, con el fin de superar, en el amor y en la verdad, los obstáculos que nos dividen.




Durante nuestro encuentro en Jerusalén del mayo pasado, en el que recordamos el histórico abrazo de nuestros venerados predecesores, el Papa Pablo VI y el Patriarca Ecuménico Atenágoras, firmamos una declaración conjunta. Hoy, en la feliz ocasión de este nuevo encuentro fraterno, deseamos reafirmar juntos nuestras comunes intenciones y preocupaciones.




Expresamos nuestra resolución sincera y firme, en obediencia a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, de intensificar nuestros esfuerzos para promover la plena unidad de todos los cristianos, y sobre todo entre católicos y ortodoxos. Además, queremos apoyar el diálogo teológico promovido por la Comisión Mixta Internacional que, instituida hace exactamente treinta y cinco años por el Patriarca Ecuménico Dimitrios y el Papa Juan Pablo II aquí, en el Fanar, está actualmente tratando las cuestiones más difíciles que han marcado la historia de nuestra división, y que requieren un estudio cuidadoso y detallado. Para ello, aseguramos nuestra ferviente oración como Pastores de la Iglesia, pidiendo a nuestros fieles que se unan a nosotros en la común invocación de que “todos sean uno,... para que el mundo crea” (Jn 17,21).




Expresamos nuestra preocupación común por la situación actual en Irak, Siria y todo el Medio Oriente. Estamos unidos en el deseo de paz y estabilidad, y en la voluntad de promover la resolución de los conflictos mediante el diálogo y la reconciliación. Si bien reconocemos los esfuerzos realizados para ofrecer ayuda a la región, hacemos al mismo tiempo un llamamiento a todos los que tienen responsabilidad en el destino de los pueblos para que intensifiquen su compromiso con las comunidades que sufren, y puedan, incluidas las cristianas, permanecer en su tierra nativa. No podemos resignarnos a un Medio Oriente sin cristianos, que han profesado allí el nombre de Jesús durante dos mil años. Muchos de nuestros hermanos y hermanas están siendo perseguidos y se han visto forzados con violencia a dejar sus hogares. Parece que se haya perdido hasta el valor de la vida humana, y que la persona humana ya no tenga importancia y pueda ser sacrificada a otros intereses. Y, por desgracia, todo esto acaece por la indiferencia de muchos. Como nos recuerda san Pablo: “Si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él” (1 Co 12,26). Esta es la ley de la vida cristiana, y en este sentido podemos decir que también hay un ecumenismo del sufrimiento. Así como la sangre de los mártires ha sido siempre la semilla de la fuerza y la fecundidad de la Iglesia, así también el compartir los sufrimientos cotidianos puede ser un instrumento eficaz para la unidad. La terrible situación de los cristianos y de todos los que están sufriendo en el Medio Oriente, no sólo requiere nuestra oración constante, sino también una respuesta adecuada por parte de la comunidad internacional.




Los retos que afronta el mundo en la situación actual, necesitan la solidaridad de todas las personas de buena voluntad, por lo que también reconocemos la importancia de promover un diálogo constructivo con el Islam, basado en el respeto mutuo y la amistad. Inspirado por valores comunes y fortalecido por auténticos sentimientos fraternos, musulmanes y cristianos están llamados a trabajar juntos por el amor a la justicia, la paz y el respeto de la dignidad y los derechos de todas las personas, especialmente en aquellas regiones en las que un tiempo vivieron durante siglos en convivencia pacífica, y ahora sufren juntos trágicamente por los horrores de la guerra. Además, como líderes cristianos, exhortamos a todos los líderes religiosos a proseguir y reforzar el diálogo interreligioso y de hacer todo lo posible para construir una cultura de paz y la solidaridad entre las personas y entre los pueblos. También recordamos a todas las personas que experimentan el sufrimiento de la guerra. En particular, oramos por la paz en Ucrania, un país con una antigua tradición cristiana, y hacemos un llamamiento a todas las partes implicadas a que continúen el camino del diálogo y del respeto al derecho internacional, con el fin de poner fin al conflicto y permitir a todos los ucranianos vivir en armonía.




Tenemos presentes a todos los fieles de nuestras Iglesias en el todo el mundo, a los que saludamos, encomendándoles a Cristo, nuestro Salvador, para que sean testigos incansables del amor de Dios. Elevamos nuestra ferviente oración para que el Señor conceda el don de la paz en el amor y la unidad a toda la familia humana.




“Que el mismo Señor de la paz os conceda la paz siempre y en todo lugar. El Señor esté con todos ustedes” (texto de RV).+









La última jornada del papa Francisco en Turquía se abrió con el encuentro, a primera hora de la mañana en la Representación Pontificia de Estambul, con el Gran Rabino de Turquía Isaak Haleva. La comunidad judía en Turquía, alrededor de veinticinco mil personas, es la segunda numéricamente en un país islámico después de Irán. El asentamiento más consistente de los judíos en Turquía se remonta al período de la Inquisición española (1492) y al principio del siglo XIX eran cien mil, pero el número, debido a la emigración sobre todo a América e Israel, ha disminuido drásticamente. También el papa Benedicto XVI encontró al Gran rabino durante su viaje a Turquía en 2006.

Finalizado el encuentro el Santo Padre se trasladó al Patriarcado Ecuménico para participar en la Divina Liturgia celebrada en la iglesia de San Jorge que custodia las reliquias de algunas de las santas más veneradas de la antigua Constantinopla como Eufemia de Calcedonia y, desde la fiesta de San Andrés (30 de noviembre) de 2004, las de San Gregorio el Teólogo y San Juan Crisóstomo entregadas por Juan Pablo II al Patriarca Bartolomé.




Al final de la celebración y después de escuchar al Patriarca, Francisco pronunció un discurso recordando que como arzobispo de Buenos Aires, había participado muchas veces en la Divina Liturgia de las comunidades ortodoxas de aquella ciudad; "pero encontrarme hoy en esta Iglesia Patriarcal de San Jorge para la celebración del santo Apóstol Andrés -afirmó- el primero de los llamados, Patrón del Patriarcado Ecuménico y hermano de san Pedro, es realmente una gracia singular que el Señor me concede".




Por su parte el patriarca, tras agradecerle al Papa su presencia, afirmó que aún conserva fresco en el corazón el recuerdo del encuentro entre ambos en Tierra Santa con ocasión de los 50 años del histórico encuentro entre papa Pablo VI y el patriarca ecuménico Athenágoras. Aquel encuentro, ha observado el patriarca, cambió la dirección del curso de la historia: "los paralelos y algunas veces enfrentados caminos de nuestras Iglesias se encontraron en la visión común del descubrimiento de la pérdida de su unidad, el amor congelado volvió a inflamarse y fue acelerada nuestra voluntad de hacer todo lo que esté de nuestra parte para que de nuevo se edifique nuestra comunión en la misma fe y en el Cáliz común". Y desde entonces se abrió la vía de Emmaús, vía probablemente larga y algunas veces escabrosa, pero sin retorno, indicó Bartolomé I.




Tal y como recordó el patriarca en su discurso, según costumbre sagrada, instituida y observada ya desde décadas por parte de las Iglesias de la Antigua y Nueva Roma, representaciones oficiales de ambas intercambian visitas durante la fiesta patronal de cada una de ellas, para demostrar la hermandad carnal de los dos apóstoles. Haciendo mención del trabajo hecho por sus precedesores, el patriarca afirmó que "nuestra obligación no se limita en el pasado, sino que se extiende sobre todo y, especialmente en nuestros días, en el futuro".




El patriarca Bartolomé I expresó a Francisco que en su breve recorrido como Pontífice se mostró "como predicador del amor, de la paz y de la reconciliación", "predicas con tus palabras, pero sobre todo y principalmente con tu simplicidad, humanidad y amor hacia todos" y además ofreces a tus hermanos Ortodoxos la esperanza que en tus días el acercamiento de nuestras dos grandes y antiguas Iglesias se continuara,́ basándose sobre los firmes fundamentos de nuestra común tradición.




El papa Francisco comenzó su discurso recordando que “encontrarnos, mirar el rostro el uno del otro, intercambiar el abrazo de paz, orar unos por otros, son dimensiones esenciales de ese camino hacia el restablecimiento de la plena comunión a la que tendemos. Todo esto precede y acompaña constantemente esa otra dimensión esencial de dicho camino, que es el diálogo teológico”. Recordando el ejemplo de san Andrés que aceptó la invitación de Jesús, Francisco dijo que “la vida cristiana es una experiencia personal, un encuentro transformador con Aquel que nos ama y que nos quiere salvar”.




El Santo Padre señaló que no es casualidad que el camino de la reconciliación entre católicos y ortodoxos haya sido inaugurado por un encuentro, por un abrazo entre el patriarca ecuménico Atenágoras y el papa Pablo VI, hace cincuenta años en Jerusalén. Además, Francisco también recordó que hace unos días fue la celebración del quincuagésimo aniversario de la promulgación del Decreto del Concilio Vaticano II sobre la búsqueda de la unidad entre todos los cristianos, Unitatis redintegratio. Documento que afirma que es de suma importancia conservar y sostener el riquísimo patrimonio de las Iglesias de Oriente, no sólo por lo que se refiere a las tradiciones litúrgicas y espirituales, sino también a las disciplinas canónicas, que regulan la vida de estas Iglesias. A propósito, el Santo Padre ha reiterado el respeto de este principio como condición esencial para el restablecimiento de la plena comunión, "que no significa ni sumisión del uno al otro, ni absorción, sino mas bien la aceptación de todos los dones que Dios dio a cada uno".




El Papa expresó después que en el mundo de hoy se alzan con ímpetu voces que no podemos dejar de oír, y que piden a nuestras Iglesias vivir plenamente el ser discípulos del Señor Jesucristo. La primera es la voz de los pobres –dijo: “En el mundo hay demasiadas mujeres y demasiados hombres que sufren por grave malnutrición, por el creciente desempleo, por el alto porcentaje de jóvenes sin trabajo y por el aumento de la exclusión social, que puede conducir a comportamientos delictivos e incluso al reclutamiento de terroristas”.




Una segunda voz es la de las víctimas de los conflictos en muchas partes del mundo. “Esta voz la oímos resonar muy bien desde aquí, porque algunos países vecinos están sufriendo una guerra atroz e inhumana”. Una tercera voz que nos interpela es la de los jóvenes. “Hoy, por desgracia, hay muchos jóvenes que viven sin esperanza, vencidos por la desconfianza y la resignación.”




Finalmente Francisco manifestó: “Santidad estamos ya en el camino hacia la plena comunión y podemos vivir ya signos elocuentes de una unidad real, aunque todavía parcial. Esto nos reconforta y nos impulsa a proseguir por esta senda. Estamos seguros de que a lo largo de este camino contaremos con el apoyo de la intercesión del Apóstol Andrés y de su hermano Pedro, considerados por la tradición como fundadores de las Iglesias de Constantinopla y de Roma. Pidamos a Dios el gran don de la plena unidad y la capacidad de acogerlo en nuestras vidas. Y nunca olvidemos de rezar unos por otros”.




Discurso del Papa Francisco en la Liturgia Ortodoxa



Santidad, amadísimo Hermano Bartolomé:




Como arzobispo de Buenos Aires, he participado muchas veces en la Divina Liturgia de las comunidades ortodoxas de aquella ciudad; pero encontrarme hoy en esta Iglesia Patriarcal de San Jorge para la celebración del santo Apóstol Andrés, el primero de los llamados, Patrón del Patriarcado Ecuménico y hermano de San Pedro, es realmente una gracia singular que el Señor me concede.




Encontrarnos, mirar el rostro el uno del otro, intercambiar el abrazo de paz, orar unos por otros, son dimensiones esenciales de ese camino hacia el restablecimiento de la plena comunión a la que tendemos. Todo esto precede y acompaña constantemente esa otra dimensión esencial de dicho camino, que es el diálogo teológico. Un verdadero diálogo es siempre un encuentro entre personas con un nombre, un rostro, una historia, y no sólo un intercambio de ideas.




Esto vale sobre todo para los cristianos, porque para nosotros la verdad es la persona de Jesucristo. El ejemplo de san Andrés que, junto con otro discípulo, aceptó la invitación del Divino Maestro: “Venid y veréis”, y “se quedaron con él aquel día” (Jn 1, 39), nos muestra claramente que la vida cristiana es una experiencia personal, un encuentro transformador con Aquel que nos ama y que nos quiere salvar.




También el anuncio cristiano se propaga gracias a personas que, enamoradas de Cristo, no pueden dejar de transmitir la alegría de ser amadas y salvadas. Una vez más, el ejemplo del Apóstol Andrés es esclarecedor. Él, después de seguir a Jesús hasta donde habitaba y haberse quedado con él, “encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús” (Jn 1,40-42). Por tanto, está claro que tampoco el diálogo entre cristianos puede sustraerse a esta lógica del encuentro personal.




Así pues, no es casualidad que el camino de la reconciliación y de paz entre católicos y ortodoxos haya sido de alguna manera inaugurado por un encuentro, por un abrazo entre nuestros venerados predecesores, el Patriarca Ecuménico Atenágoras y el Papa Pablo VI, hace cincuenta años en Jerusalén, un acontecimiento que Vuestra Santidad y yo hemos querido conmemorar encontrándonos de nuevo en la ciudad donde el Señor Jesucristo murió y resucitó.




Por una feliz coincidencia, esta visita tiene lugar unos días después de la celebración del quincuagésimo aniversario de la promulgación del Decreto del Concilio Vaticano II sobre la búsqueda de la unidad entre todos los cristianos, Unitatis redintegratio. Es un documento fundamental con el que se ha abierto un nuevo camino para el encuentro entre los católicos y los hermanos de otras Iglesias y Comunidades eclesiales.




Con aquel Decreto, la Iglesia Católica reconoce en particular que las Iglesias ortodoxas “tienen verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen aún con nosotros con vínculo estrechísimo” (n. 15). En consecuencia, se afirma que, para preservar fielmente la plenitud de la tradición cristiana, y para llevar a término la reconciliación de los cristianos de Oriente y de Occidente, es de suma importancia conservar y sostener el riquísimo patrimonio de las Iglesias de Oriente, no sólo por lo que se refiere a las tradiciones litúrgicas y espirituales, sino también a las disciplinas canónicas, sancionadas por los Santos Padres y los concilios, que regulan la vida de estas Iglesias (cf., nn. 15-16).




Considero importante reiterar el respeto de este principio como condición esencial y recíproca para el restablecimiento de la plena comunión, que no significa ni sumisión del uno al otro, ni absorción, sino más bien la aceptación de todos los dones que Dios ha dado a cada uno, para manifestar a todo el mundo el gran misterio de la salvación llevada a cabo por Cristo, el Señor, por medio del Espíritu Santo.




Quiero asegurar a cada uno de ustedes que, para alcanzar el anhelado objetivo de la plena unidad, la Iglesia Católica no pretende imponer ninguna exigencia, salvo la profesión de fe común, y que estamos dispuestos a buscar juntos, a la luz de la enseñanza de la Escritura y la experiencia del primer milenio, las modalidades con las que se garantice la necesaria unidad de la Iglesia en las actuales circunstancias: lo único que la Iglesia Católica desea, y que yo busco como Obispo de Roma, “la Iglesia que preside en la caridad”, es la comunión con las Iglesias ortodoxas. Dicha comunión será siempre fruto del amor “que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado” (Rm 5,5), amor fraterno que muestra el lazo trascendente y espiritual que nos une como discípulos del Señor.




En el mundo de hoy se alzan con ímpetu voces que no podemos dejar de oír, y que piden a nuestras Iglesias vivir plenamente el ser discípulos del Señor Jesucristo.




La primera de estas voces es la de los pobres. En el mundo hay demasiadas mujeres y demasiados hombres que sufren por grave malnutrición, por el creciente desempleo, por el alto porcentaje de jóvenes sin trabajo y por el aumento de la exclusión social, que puede conducir a comportamientos delictivos e incluso al reclutamiento de los terroristas. No podemos permanecer indiferentes ante las voces de estos hermanos y hermanas. Ellos no sólo nos piden que les demos ayuda material, necesaria en muchas circunstancias, sino, sobre todo, que les apoyemos para defender su propia dignidad de seres humanos, para que puedan encontrar las energías espirituales para recuperarse y volver a ser protagonistas de su historia. Nos piden también que luchemos, a la luz del Evangelio, contra las causas estructurales de la pobreza: la desigualdad, la falta de un trabajo digno, de tierra y de casa, la negación de los derechos sociales y laborales. Como cristianos, estamos llamados a vencer juntos a la globalización de la indiferencia, que hoy parece tener la supremacía, y a construir una nueva civilización del amor y de la solidaridad.




Una segunda voz que clama con vehemencia es la de las víctimas de los conflictos en muchas partes del mundo. Esta voz la oímos resonar muy bien desde aquí, porque algunos países vecinos están sufriendo una guerra atroz e inhumana. Pienso con profundo dolor en las tantas víctimas del deshumano e insensato atentado, que en estos días ha afectado a los fieles musulmanes, que rezaban en la mezquita de Kano, en Nigeria. Turbar la paz de un pueblo, cometer o consentir cualquier tipo de violencia, especialmente sobre los más débiles e indefensos, es un grave pecado contra Dios, porque significa no respetar la imagen de Dios que hay en el hombre. La voz de las víctimas de los conflictos nos impulsa a avanzar diligentemente por el camino de reconciliación y comunión entre católicos y ortodoxos. Por lo demás, ¿cómo podemos anunciar de modo creíble el Evangelio de paz que viene de Cristo, si entre nosotros continúa habiendo rivalidades y contiendas? (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 77).




Una tercera voz que nos interpela es la de los jóvenes. Hoy, por desgracia, hay muchos jóvenes que viven sin esperanza, vencidos por la desconfianza y la resignación. Muchos jóvenes, además, influenciados por la cultura dominante, buscan la felicidad sólo en poseer bienes materiales y en la satisfacción de las emociones del momento. Las nuevas generaciones nunca podrán alcanzar la verdadera sabiduría y mantener viva la esperanza, si nosotros no somos capaces de valorar y transmitir el auténtico humanismo, que brota del Evangelio y la experiencia milenaria de la Iglesia. Son precisamente los jóvenes – pienso por ejemplo en la multitud de jóvenes ortodoxos, católicos y protestantes que se reúnen en los encuentros internacionales organizados por la Comunidad de Taizé –los que hoy nos instan a avanzar hacia la plena comunión. Y esto, no porque ignoren el significado de las diferencias que aún nos separan, sino porque saben ver más allá, son capaces de percibir lo esencial que ya nos une, que es tanto, Santidad.




Querido Hermano, queridísimo Hermano, estamos ya en el camino hacia la plena comunión y podemos vivir ya signos elocuentes de una unidad real, aunque todavía parcial. Esto nos reconforta y nos impulsa a proseguir por esta senda. Estamos seguros de que a lo largo de este camino contaremos con el apoyo de la intercesión del apóstol Andrés y de su hermano Pedro, considerados por la tradición como fundadores de las Iglesias de Constantinopla y de Roma. Pidamos a Dios el gran don de la plena unidad y la capacidad de acogerlo en nuestras vidas. Y nunca olvidemos de rezar unos por otros.(texto de RV)+









Francisco y Bartolomé I: “No podemos resignarnos a un Medio Oriente sin cristianos”









Estambul (Turquía) (AICA): Al finalizar la Celebración de la Divina Liturgia en la iglesia ortodoxa de san Jorge en Estambul, el patriarca Bartolomé y el papa Francisco se asomaron al balcón del patriarcado ecuménico y han bendecido contemporáneamente a los fieles que se encontraban en el patio. El Papa hizo la bendición en latín, el patriarca en griego. Seguidamente se dirigieron a la Sala del Trono para leer y firmar una Declaración Conjunta, tal y como hicieron en su encuentro en Jerusalén el pasado mes de mayo. De este modo han “reafirmado juntos nuestras comunes intenciones y preocupaciones”.



Al finalizar la Celebración de la Divina Liturgia en la iglesia ortodoxa de san Jorge en Estambul, el patriarca Bartolomé y el papa Francisco se asomaron al balcón del patriarcado ecuménico y han bendecido contemporáneamente a los fieles que se encontraban en el patio. El Papa hizo la bendición en latín, el patriarca en griego. Seguidamente se dirigieron a la Sala del Trono para leer y firmar una Declaración Conjunta, tal y como hicieron en su encuentro en Jerusalén el pasado mes de mayo. De este modo han “reafirmado juntos nuestras comunes intenciones y preocupaciones”.

Ambos comprometen su sincera y firme intención “de intensificar nuestros esfuerzos por la promoción de la plena unidad entre todos los cristianos y sobre todo entre católicos y ortodoxos”. Se puede leer en el texto que quieren “mantener el diálogo teológico promovido por la Comisión Mixta Internacional” que “está tratando actualmente las cuestiones más difíciles que han marcado la historia de nuestra división y que requieren un estudio atento y profundo”.




Asimismo, manifiestan su preocupación “por la situación en Irak, en Siria y en todo Oriente Medio”. Estamos unidos en el deseo -afirman- de paz y de estabilidad y en la voluntad de promover la resolución de conflictos a través del diálogo y la reconciliación. Y a propósito hacen un llamamiento a los que tienen la responsabilidad del destino de los pueblos “para que intensifiquen su compromiso por las comunidades que sufren y les consientan, incluidas las cristianas, permanecer en su tierra natal”. No podemos resignarnos a un Oriente Medio sin cristianos, afirmaron.




Texto de la Declaración Conjunta



Nosotros, el Papa Francisco y el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, expresamos nuestra profunda gratitud a Dios por el don de este nuevo encuentro que, en presencia de los miembros del Santo Sínodo, del clero y de los fieles del Patriarcado Ecuménico, nos permite celebrar juntos la fiesta de san Andrés, el primer llamado y hermano del Apóstol Pedro. Nuestro recuerdo de los Apóstoles, que proclamaron la buena nueva del Evangelio al mundo mediante su predicación y el testimonio del martirio, refuerza en nosotros el deseo de seguir caminando juntos, con el fin de superar, en el amor y en la verdad, los obstáculos que nos dividen.




Durante nuestro encuentro en Jerusalén del mayo pasado, en el que recordamos el histórico abrazo de nuestros venerados predecesores, el Papa Pablo VI y el Patriarca Ecuménico Atenágoras, firmamos una declaración conjunta. Hoy, en la feliz ocasión de este nuevo encuentro fraterno, deseamos reafirmar juntos nuestras comunes intenciones y preocupaciones.




Expresamos nuestra resolución sincera y firme, en obediencia a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, de intensificar nuestros esfuerzos para promover la plena unidad de todos los cristianos, y sobre todo entre católicos y ortodoxos. Además, queremos apoyar el diálogo teológico promovido por la Comisión Mixta Internacional que, instituida hace exactamente treinta y cinco años por el Patriarca Ecuménico Dimitrios y el Papa Juan Pablo II aquí, en el Fanar, está actualmente tratando las cuestiones más difíciles que han marcado la historia de nuestra división, y que requieren un estudio cuidadoso y detallado. Para ello, aseguramos nuestra ferviente oración como Pastores de la Iglesia, pidiendo a nuestros fieles que se unan a nosotros en la común invocación de que “todos sean uno,... para que el mundo crea” (Jn 17,21).




Expresamos nuestra preocupación común por la situación actual en Irak, Siria y todo el Medio Oriente. Estamos unidos en el deseo de paz y estabilidad, y en la voluntad de promover la resolución de los conflictos mediante el diálogo y la reconciliación. Si bien reconocemos los esfuerzos realizados para ofrecer ayuda a la región, hacemos al mismo tiempo un llamamiento a todos los que tienen responsabilidad en el destino de los pueblos para que intensifiquen su compromiso con las comunidades que sufren, y puedan, incluidas las cristianas, permanecer en su tierra nativa. No podemos resignarnos a un Medio Oriente sin cristianos, que han profesado allí el nombre de Jesús durante dos mil años. Muchos de nuestros hermanos y hermanas están siendo perseguidos y se han visto forzados con violencia a dejar sus hogares. Parece que se haya perdido hasta el valor de la vida humana, y que la persona humana ya no tenga importancia y pueda ser sacrificada a otros intereses. Y, por desgracia, todo esto acaece por la indiferencia de muchos. Como nos recuerda san Pablo: “Si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él” (1 Co 12,26). Esta es la ley de la vida cristiana, y en este sentido podemos decir que también hay un ecumenismo del sufrimiento. Así como la sangre de los mártires ha sido siempre la semilla de la fuerza y la fecundidad de la Iglesia, así también el compartir los sufrimientos cotidianos puede ser un instrumento eficaz para la unidad. La terrible situación de los cristianos y de todos los que están sufriendo en el Medio Oriente, no sólo requiere nuestra oración constante, sino también una respuesta adecuada por parte de la comunidad internacional.




Los retos que afronta el mundo en la situación actual, necesitan la solidaridad de todas las personas de buena voluntad, por lo que también reconocemos la importancia de promover un diálogo constructivo con el Islam, basado en el respeto mutuo y la amistad. Inspirado por valores comunes y fortalecido por auténticos sentimientos fraternos, musulmanes y cristianos están llamados a trabajar juntos por el amor a la justicia, la paz y el respeto de la dignidad y los derechos de todas las personas, especialmente en aquellas regiones en las que un tiempo vivieron durante siglos en convivencia pacífica, y ahora sufren juntos trágicamente por los horrores de la guerra. Además, como líderes cristianos, exhortamos a todos los líderes religiosos a proseguir y reforzar el diálogo interreligioso y de hacer todo lo posible para construir una cultura de paz y la solidaridad entre las personas y entre los pueblos. También recordamos a todas las personas que experimentan el sufrimiento de la guerra. En particular, oramos por la paz en Ucrania, un país con una antigua tradición cristiana, y hacemos un llamamiento a todas las partes implicadas a que continúen el camino del diálogo y del respeto al derecho internacional, con el fin de poner fin al conflicto y permitir a todos los ucranianos vivir en armonía.




Tenemos presentes a todos los fieles de nuestras Iglesias en el todo el mundo, a los que saludamos, encomendándoles a Cristo, nuestro Salvador, para que sean testigos incansables del amor de Dios. Elevamos nuestra ferviente oración para que el Señor conceda el don de la paz en el amor y la unidad a toda la familia humana.




“Que el mismo Señor de la paz os conceda la paz siempre y en todo lugar. El Señor esté con todos ustedes” (texto de RV).+









El Santo Padre participó, esta mañana en la iglesia patriarcal de San Jorge en Estambul, de la Divina Liturgia de las comunidades ortodoxas, presidida por el patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, con ocasión de la Fiesta litúrgica de san Andrés, motivo principal del viaje ecuménico del papa Francisco a Turquía. Al finalizar la celebración ambos, en sus discursos, hicieron un llamamiento a la plena unidad de las iglesias.

Francisco comenzó la jornada celebrando en privado la misa en la Representación Pontificia de Estambul y allí mismo, se reunió con el gran Rabino de Turquía Isak Haleva durante 15 minutos en los que hablaron en español. Seguidamente el Pontífice se dirigió a la catedral de san Jorge donde ya había comenzado, en presencia del patriarca, la celebración de la Divina Liturgia




El Pontífice siguió la celebración, sin concelebrar, y al finalizar tanto Francisco como Bartolomé I dirigieron unos discursos.




El patriarca, tras agradecerle al Papa su presencia, afirmó que aún conserva fresco en el corazón el recuerdo del encuentro entre ambos en Tierra Santa con ocasión de los 50 años del histórico encuentro entre papa Pablo VI y el patriarca ecuménico Athenágoras. Aquel encuentro, ha observado el patriarca, cambió la dirección del curso de la historia: "los paralelos y algunas veces enfrentados caminos de nuestras Iglesias se encontraron en la visión común del descubrimiento de la pérdida de su unidad, el amor congelado volvió a inflamarse y fue acelerada nuestra voluntad de hacer todo lo que esté de nuestra parte para que de nuevo se edifique nuestra comunión en la misma fe y en el Cáliz común". Y desde entonces se abrió la vía de Emmaús, vía probablemente larga y algunas veces escabrosa, pero sin retorno, ha indicado Bartolomé I.




Tal y como ha recordado el patriarca en su discurso, según costumbre sagrada, instituida y observada ya desde décadas por parte de las Iglesias de la Antigua y Nueva Roma, representaciones oficiales de ambas intercambian visitas durante la fiesta patronal de cada una de ellas, para demostrar la hermandad carnal de los dos apóstoles. Haciendo mención del trabajo hecho por sus precedesores, el patriarca afirmó que "nuestra obligación no se limita en el pasado, sino que se extiende sobre todo y, especialmente en nuestros días, en el futuro".




Bartolomé I le expresó a Francisco que en su breve recorrido como Pontífice se mostró "como predicador del amor, de la paz y de la reconciliación", "predicas con tus palabras, pero sobre todo y principalmente con tu simplicidad, humanidad y amor hacia todos" y además ofreces a tus hermanos Ortodoxos la esperanza que en tus días el acercamiento de nuestras dos grandes y antiguas Iglesias se continuara,́ basándose sobre los firmes fundamentos de nuestra común tradición.




Por su parte el papa Francisco que “encontrarnos, mirar el rostro el uno del otro, intercambiar el abrazo de paz, orar unos por otros, son dimensiones esenciales de ese camino hacia el restablecimiento de la plena comunión a la que tendemos. Todo esto precede y acompaña constantemente esa otra dimensión esencial de dicho camino, que es el diálogo teológico”. Recordando el ejemplo de san Andrés que aceptó la invitación de Jesús, Francisco dijo que “la vida cristiana es una experiencia personal, un encuentro transformador con Aquel que nos ama y que nos quiere salvar”.




El Santo Padre señaló que no es casualidad que el camino de la reconciliación entre católicos y ortodoxos haya sido inaugurado por un encuentro, por un abrazo entre el patriarca ecuménico Atenágoras y el papa Pablo VI, hace cincuenta años en Jerusalén. Además, Francisco también recordó que hace unos días fue la celebración del quincuagésimo aniversario de la promulgación del Decreto del Concilio Vaticano II sobre la búsqueda de la unidad entre todos los cristianos, Unitatis redintegratio. Documento que afirma que es de suma importancia conservar y sostener el riquísimo patrimonio de las Iglesias de Oriente, no sólo por lo que se refiere a las tradiciones litúrgicas y espirituales, sino también a las disciplinas canónicas, que regulan la vida de estas Iglesias. A propósito, el Santo Padre ha reiterado el respeto de este principio como condición esencial para el restablecimiento de la plena comunión, "que no significa ni sumisión del uno al otro, ni absorción, sino mas bien la aceptación de todos los dones que Dios dio a cada uno".




El Papa expresó después que en el mundo de hoy se alzan con ímpetu voces que no podemos dejar de oír, y que piden a nuestras Iglesias vivir plenamente el ser discípulos del Señor Jesucristo. La primera es la voz de los pobres –dijo: “En el mundo hay demasiadas mujeres y demasiados hombres que sufren por grave malnutrición, por el creciente desempleo, por el alto porcentaje de jóvenes sin trabajo y por el aumento de la exclusión social, que puede conducir a comportamientos delictivos e incluso al reclutamiento de terroristas”.




Una segunda voz es la de las víctimas de los conflictos en muchas partes del mundo. “Esta voz la oímos resonar muy bien desde aquí, porque algunos países vecinos están sufriendo una guerra atroz e inhumana”. Una tercera voz que nos interpela es la de los jóvenes. “Hoy, por desgracia, hay muchos jóvenes que viven sin esperanza, vencidos por la desconfianza y la resignación.”




Finalmente Francisco manifestó: “Santidad estamos ya en el camino hacia la plena comunión y podemos vivir ya signos elocuentes de una unidad real, aunque todavía parcial. Esto nos reconforta y nos impulsa a proseguir por esta senda. Estamos seguros de que a lo largo de este camino contaremos con el apoyo de la intercesión del Apóstol Andrés y de su hermano Pedro, considerados por la tradición como fundadores de las Iglesias de Constantinopla y de Roma. Pidamos a Dios el gran don de la plena unidad y la capacidad de acogerlo en nuestras vidas. Y nunca olvidemos de rezar unos por otros”.




Discurso del Papa Francisco en la Liturgia Ortodoxa



Santidad, amadísimo Hermano Bartolomé:




Como arzobispo de Buenos Aires, he participado muchas veces en la Divina Liturgia de las comunidades ortodoxas de aquella ciudad; pero encontrarme hoy en esta Iglesia Patriarcal de San Jorge para la celebración del santo Apóstol Andrés, el primero de los llamados, Patrón del Patriarcado Ecuménico y hermano de San Pedro, es realmente una gracia singular que el Señor me concede.




Encontrarnos, mirar el rostro el uno del otro, intercambiar el abrazo de paz, orar unos por otros, son dimensiones esenciales de ese camino hacia el restablecimiento de la plena comunión a la que tendemos. Todo esto precede y acompaña constantemente esa otra dimensión esencial de dicho camino, que es el diálogo teológico. Un verdadero diálogo es siempre un encuentro entre personas con un nombre, un rostro, una historia, y no sólo un intercambio de ideas.




Esto vale sobre todo para los cristianos, porque para nosotros la verdad es la persona de Jesucristo. El ejemplo de san Andrés que, junto con otro discípulo, aceptó la invitación del Divino Maestro: “Venid y veréis”, y “se quedaron con él aquel día” (Jn 1, 39), nos muestra claramente que la vida cristiana es una experiencia personal, un encuentro transformador con Aquel que nos ama y que nos quiere salvar.




También el anuncio cristiano se propaga gracias a personas que, enamoradas de Cristo, no pueden dejar de transmitir la alegría de ser amadas y salvadas. Una vez más, el ejemplo del Apóstol Andrés es esclarecedor. Él, después de seguir a Jesús hasta donde habitaba y haberse quedado con él, “encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús” (Jn 1,40-42). Por tanto, está claro que tampoco el diálogo entre cristianos puede sustraerse a esta lógica del encuentro personal.




Así pues, no es casualidad que el camino de la reconciliación y de paz entre católicos y ortodoxos haya sido de alguna manera inaugurado por un encuentro, por un abrazo entre nuestros venerados predecesores, el Patriarca Ecuménico Atenágoras y el Papa Pablo VI, hace cincuenta años en Jerusalén, un acontecimiento que Vuestra Santidad y yo hemos querido conmemorar encontrándonos de nuevo en la ciudad donde el Señor Jesucristo murió y resucitó.




Por una feliz coincidencia, esta visita tiene lugar unos días después de la celebración del quincuagésimo aniversario de la promulgación del Decreto del Concilio Vaticano II sobre la búsqueda de la unidad entre todos los cristianos, Unitatis redintegratio. Es un documento fundamental con el que se ha abierto un nuevo camino para el encuentro entre los católicos y los hermanos de otras Iglesias y Comunidades eclesiales.




Con aquel Decreto, la Iglesia Católica reconoce en particular que las Iglesias ortodoxas “tienen verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen aún con nosotros con vínculo estrechísimo” (n. 15). En consecuencia, se afirma que, para preservar fielmente la plenitud de la tradición cristiana, y para llevar a término la reconciliación de los cristianos de Oriente y de Occidente, es de suma importancia conservar y sostener el riquísimo patrimonio de las Iglesias de Oriente, no sólo por lo que se refiere a las tradiciones litúrgicas y espirituales, sino también a las disciplinas canónicas, sancionadas por los Santos Padres y los concilios, que regulan la vida de estas Iglesias (cf., nn. 15-16).




Considero importante reiterar el respeto de este principio como condición esencial y recíproca para el restablecimiento de la plena comunión, que no significa ni sumisión del uno al otro, ni absorción, sino más bien la aceptación de todos los dones que Dios ha dado a cada uno, para manifestar a todo el mundo el gran misterio de la salvación llevada a cabo por Cristo, el Señor, por medio del Espíritu Santo.




Quiero asegurar a cada uno de ustedes que, para alcanzar el anhelado objetivo de la plena unidad, la Iglesia Católica no pretende imponer ninguna exigencia, salvo la profesión de fe común, y que estamos dispuestos a buscar juntos, a la luz de la enseñanza de la Escritura y la experiencia del primer milenio, las modalidades con las que se garantice la necesaria unidad de la Iglesia en las actuales circunstancias: lo único que la Iglesia Católica desea, y que yo busco como Obispo de Roma, “la Iglesia que preside en la caridad”, es la comunión con las Iglesias ortodoxas. Dicha comunión será siempre fruto del amor “que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado” (Rm 5,5), amor fraterno que muestra el lazo trascendente y espiritual que nos une como discípulos del Señor.




En el mundo de hoy se alzan con ímpetu voces que no podemos dejar de oír, y que piden a nuestras Iglesias vivir plenamente el ser discípulos del Señor Jesucristo.




La primera de estas voces es la de los pobres. En el mundo hay demasiadas mujeres y demasiados hombres que sufren por grave malnutrición, por el creciente desempleo, por el alto porcentaje de jóvenes sin trabajo y por el aumento de la exclusión social, que puede conducir a comportamientos delictivos e incluso al reclutamiento de los terroristas. No podemos permanecer indiferentes ante las voces de estos hermanos y hermanas. Ellos no sólo nos piden que les demos ayuda material, necesaria en muchas circunstancias, sino, sobre todo, que les apoyemos para defender su propia dignidad de seres humanos, para que puedan encontrar las energías espirituales para recuperarse y volver a ser protagonistas de su historia. Nos piden también que luchemos, a la luz del Evangelio, contra las causas estructurales de la pobreza: la desigualdad, la falta de un trabajo digno, de tierra y de casa, la negación de los derechos sociales y laborales. Como cristianos, estamos llamados a vencer juntos a la globalización de la indiferencia, que hoy parece tener la supremacía, y a construir una nueva civilización del amor y de la solidaridad.




Una segunda voz que clama con vehemencia es la de las víctimas de los conflictos en muchas partes del mundo. Esta voz la oímos resonar muy bien desde aquí, porque algunos países vecinos están sufriendo una guerra atroz e inhumana. Pienso con profundo dolor en las tantas víctimas del deshumano e insensato atentado, que en estos días ha afectado a los fieles musulmanes, que rezaban en la mezquita de Kano, en Nigeria. Turbar la paz de un pueblo, cometer o consentir cualquier tipo de violencia, especialmente sobre los más débiles e indefensos, es un grave pecado contra Dios, porque significa no respetar la imagen de Dios que hay en el hombre. La voz de las víctimas de los conflictos nos impulsa a avanzar diligentemente por el camino de reconciliación y comunión entre católicos y ortodoxos. Por lo demás, ¿cómo podemos anunciar de modo creíble el Evangelio de paz que viene de Cristo, si entre nosotros continúa habiendo rivalidades y contiendas? (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 77).




Una tercera voz que nos interpela es la de los jóvenes. Hoy, por desgracia, hay muchos jóvenes que viven sin esperanza, vencidos por la desconfianza y la resignación. Muchos jóvenes, además, influenciados por la cultura dominante, buscan la felicidad sólo en poseer bienes materiales y en la satisfacción de las emociones del momento. Las nuevas generaciones nunca podrán alcanzar la verdadera sabiduría y mantener viva la esperanza, si nosotros no somos capaces de valorar y transmitir el auténtico humanismo, que brota del Evangelio y la experiencia milenaria de la Iglesia. Son precisamente los jóvenes – pienso por ejemplo en la multitud de jóvenes ortodoxos, católicos y protestantes que se reúnen en los encuentros internacionales organizados por la Comunidad de Taizé –los que hoy nos instan a avanzar hacia la plena comunión. Y esto, no porque ignoren el significado de las diferencias que aún nos separan, sino porque saben ver más allá, son capaces de percibir lo esencial que ya nos une, que es tanto, Santidad.




Querido Hermano, queridísimo Hermano, estamos ya en el camino hacia la plena comunión y podemos vivir ya signos elocuentes de una unidad real, aunque todavía parcial. Esto nos reconforta y nos impulsa a proseguir por esta senda. Estamos seguros de que a lo largo de este camino contaremos con el apoyo de la intercesión del apóstol Andrés y de su hermano Pedro, considerados por la tradición como fundadores de las Iglesias de Constantinopla y de Roma. Pidamos a Dios el gran don de la plena unidad y la capacidad de acogerlo en nuestras vidas. Y nunca olvidemos de rezar unos por otros.(texto de RV)+







ESTAMBUL, 30 Nov. 14 (ACI).- Antes de dirigirse a la Iglesia Patriarcal de San Jorge para participar en la Divina Liturgia, el Papa Francisco tuvo un encuentro privado con el Gran Rabino de Turquía, Isak Haleva, en la representación pontificia de Estambul.

La reunión tuvo lugar a las 9:00 horas, después de la Misa privada en la representación pontificia. Con este encuentro se completan los contactos que Francisco ha tenido con los líderes de otras religiones en Turquía, tal como ocurrió ayer con el Gran Mufti, Mehmet Gormez.


El Gran Rabino Haleva fue elegido en el 2002 y tiene el título de “Hahambashi”, que reúne el término turco “jefe”, con el hebreo “sabio”.


Según Radio Vaticana, en Turquía viven 25.000 judíos y es la segunda comunidad judía más grande en un país musulmán, después de Irán.


El Papa Francisco mantiene buenas relaciones con diversas comunidades judías, como por ejemplo la de Argentina, cuando se desempeñaba como Arzobispo de Buenos Aires.


ESTAMBUL, 30 Nov. 14 (ACI).- Este domingo, en su última día de visita a Turquía, el Papa Francisco participó junto al Patriarca Ecuménico Bartolomé, en una Divina Liturgia, y al término dio un discurso donde abogó por la unidad de los cristianos, la cual -afirmó-, es exigida por los pobres, los jóvenes y las víctimas de los conflictos.

A continuación el discurso completo del Papa Francisco:


Como arzobispo de Buenos Aires, he participado muchas veces en la Divina Liturgia de las comunidades ortodoxas de aquella ciudad; pero encontrarme hoy en esta Iglesia Patriarcal de San Jorge para la celebración del santo Apóstol Andrés, el primero de los llamados, Patrón del Patriarcado Ecuménico y hermano de san Pedro, es realmente una gracia singular que el Señor me concede.


Encontrarnos, mirar el rostro el uno del otro, intercambiar el abrazo de paz, orar unos por otros, son dimensiones esenciales de ese camino hacia el restablecimiento de la plena comunión a la que tendemos. Todo esto precede y acompaña constantemente esa otra dimensión esencial de dicho camino, que es el diálogo teológico. Un verdadero diálogo es siempre un encuentro entre personas con un nombre, un rostro, una historia, y no sólo un intercambio de ideas.


Esto vale sobre todo para los cristianos, porque para nosotros la verdad es la persona de Jesucristo. El ejemplo de san Andrés que, junto con otro discípulo, aceptó la invitación del Divino Maestro: «Venid y veréis», y «se quedaron con él aquel día», nos muestra claramente que la vida cristiana es una experiencia personal, un encuentro transformador con Aquel que nos ama y que nos quiere salvar. También el anuncio cristiano se propaga gracias a personas que, enamoradas de Cristo, no pueden dejar de transmitir la alegría de ser amadas y salvadas. Una vez más, el ejemplo del Apóstol Andrés es esclarecedor. Él, después de seguir a Jesús hasta donde habitaba y haberse quedado con él, «encontró primero a su hermano Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías" (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús». Por tanto, está claro que tampoco el diálogo entre cristianos puede sustraerse a esta lógica del encuentro personal.


Así pues, no es casualidad que el camino de la reconciliación y de paz entre católicos y ortodoxos haya sido de alguna manera inaugurado por un encuentro, por un abrazo entre nuestros venerados predecesores, el Patriarca Ecuménico Atenágoras y el Papa Pablo VI, hace cincuenta años en Jerusalén, un acontecimiento que Vuestra Santidad y yo hemos querido conmemorar encontrándonos de nuevo en la ciudad donde el Señor Jesucristo murió y resucitó.


Por una feliz coincidencia, esta visita tiene lugar unos días después de la celebración del quincuagésimo aniversario de la promulgación del Decreto del Concilio Vaticano II sobre la búsqueda de la unidad entre todos los cristianos, Unitatis redintegratio. Es un documento fundamental con el que se ha abierto un nuevo camino para el encuentro entre los católicos y los hermanos de otras Iglesias y Comunidades eclesiales.


Con aquel Decreto, la Iglesia Católica reconoce en particular que las Iglesias ortodoxas «tienen verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen aún con nosotros con vínculo estrechísimo». En consecuencia, se afirma que, para preservar fielmente la plenitud de la tradición cristiana, y para llevar a término la reconciliación de los cristianos de Oriente y de Occidente, es de suma importancia conservar y sostener el riquísimo patrimonio de las Iglesias de Oriente, no sólo por lo que se refiere a las tradiciones litúrgicas y espirituales, sino también a las disciplinas canónicas, sancionadas por los Santos Padres y los concilios, que regulan la vida de estas Iglesias.


Considero importante reiterar el respeto de este principio como condición esencial y recíproca para el restablecimiento de la plena comunión, que no significa ni sumisión del uno al otro, ni absorción, sino más bien la aceptación de todos los dones que Dios ha dado a cada uno, para manifestar a todo el mundo el gran misterio de la salvación llevada a cabo por Cristo, el Señor, por medio del Espíritu Santo. Quiero asegurar a cada uno de vosotros que, para alcanzar el anhelado objetivo de la plena unidad, la Iglesia Católica no pretende imponer ninguna exigencia, salvo la profesión de fe común, y que estamos dispuestos a buscar juntos, a la luz de la enseñanza de la Escritura y la experiencia del primer milenio, las modalidades con las que se garantice la necesaria unidad de la Iglesia en las actuales circunstancias: lo único que la Iglesia Católica desea, y que yo busco como Obispo de Roma, «la Iglesia que preside en la caridad», es la comunión con las Iglesias ortodoxas. Dicha comunión será siempre fruto del amor «que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado», amor fraterno que muestra el lazo trascendente y espiritual que nos une como discípulos del Señor.


En el mundo de hoy se alzan con ímpetu voces que no podemos dejar de oír, y que piden a nuestras Iglesias vivir plenamente el ser discípulos del Señor Jesucristo.


La primera de estas voces es la de los pobres. En el mundo hay demasiadas mujeres y demasiados hombres que sufren por grave malnutrición, por el creciente desempleo, por el alto porcentaje de jóvenes sin trabajo y por el aumento de la exclusión social, que puede conducir a comportamientos delictivos e incluso al reclutamiento de terroristas. No podemos permanecer indiferentes ante las voces de estos hermanos y hermanas. Ellos no sólo nos piden que les demos ayuda material, necesaria en muchas circunstancias, sino, sobre todo, que les apoyemos para defender su propia dignidad de seres humanos, para que puedan encontrar las energías espirituales para recuperarse y volver a ser protagonistas de su historia. Nos piden también que luchemos, a la luz del Evangelio, contra las causas estructurales de la pobreza: la desigualdad, la falta de un trabajo digno, de tierra y de casa, la negación de los derechos sociales y laborales. Como cristianos, estamos llamados a vencer juntos a la globalización de la indiferencia, que hoy parece tener la supremacía, y a construir una nueva civilización del amor y de la solidaridad.


Una segunda voz que clama con vehemencia es la de las víctimas de los conflictos en muchas partes del mundo. Esta voz la oímos resonar muy bien desde aquí, porque algunos países vecinos están sufriendo una guerra atroz e inhumana. Turbar la paz de un pueblo, cometer o consentir cualquier tipo de violencia, especialmente sobre los más débiles e indefensos, es un grave pecado contra Dios, porque significa no respetar la imagen de Dios que hay en el hombre. La voz de las víctimas de los conflictos nos impulsa a avanzar diligentemente por el camino de reconciliación y comunión entre católicos y ortodoxos. Por lo demás, ¿cómo podemos anunciar de modo creíble el mensaje de paz que viene de Cristo, si entre nosotros continúa habiendo rivalidades y contiendas?


Una tercera voz que nos interpela es la de los jóvenes. Hoy, por desgracia, hay muchos jóvenes que viven sin esperanza, vencidos por la desconfianza y la resignación. Muchos jóvenes, además, influenciados por la cultura dominante, buscan la felicidad sólo en poseer bienes materiales y en la satisfacción de las emociones del momento. Las nuevas generaciones nunca podrán alcanzar la verdadera sabiduría y mantener viva la esperanza, si nosotros no somos capaces de valorar y transmitir el auténtico humanismo, que brota del Evangelio y la experiencia milenaria de la Iglesia. Son precisamente los jóvenes – pienso por ejemplo en la multitud de jóvenes ortodoxos, católicos y protestantes que se reúnen en los encuentros internacionales organizados por la Comunidad de Taizé – los que hoy nos instan a avanzar hacia la plena comunión. Y esto, no porque ignoren el significado de las diferencias que aún nos separan, sino porque saben ver más allá, son capaces de percibir lo esencial que ya nos une.


Santidad, estamos ya en el camino hacia la plena comunión y podemos vivir ya signos elocuentes de una unidad real, aunque todavía parcial. Esto nos reconforta y nos impulsa a proseguir por esta senda. Estamos seguros de que a lo largo de este camino contaremos con el apoyo de la intercesión del Apóstol Andrés y de su hermano Pedro, considerados por la tradición como fundadores de las Iglesias de Constantinopla y de Roma. Pidamos a Dios el gran don de la plena unidad y la capacidad de acogerlo en nuestras vidas. Y nunca olvidemos de rezar unos por otros.


ESTAMBUL, 30 Nov. 14 (ACI).- Este domingo, en el último día de su visita a Turquía, el Papa Francisco participó en la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, junto al Patriarca Ecuménico, Bartolomé, quien en su discurso expresó su deseo de lograr la ansiada unidad de los cristianos y agradeció la labor desempeñada por el Santo Padre para alcanzar este objetivo común.

A continuación el discurso completo del Patriarca Bartolomé:


Santísimo y amado Hermano en Cristo, Francisco, Obispo de Roma,


Gloria y alabanza damos a nuestro Dios Trino que nos ha concedido la alegría inexpresable y el honor particular de la presencia personal de Vuestra Santidad, durante el festejo de este año de la memoria sagrada del fundador, a través de su predicación, de nuestra Iglesia, el Apóstol Andrés el Primer Llamado. Agradecemos cordialmente a Vuestra Santidad el precioso don de su bendita presencia entre nosotros, junto con su venerable Séquito. Con amor profundo y gran honor os abrazamos dirigiéndoos el cordial abrazo de la paz y del amor: "Gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo". "Porque nos apremia el amor de Cristo".


Todavía conservamos fresco en nuestro corazón el recuerdo de nuestro encuentro con Vuestra Santidad en la Tierra Santa en común peregrinaje piadoso al lugar donde nació, vivió, enseñó, padeció, resucitó y ascendió, allí donde estuvo antes, la Cabeza de nuestra fe, así como también el agradecido recuerdo del evento histórico del encuentro allí de nuestros inolvidables predecesores el Papa Pablo VI y el Patriarca Ecuménico Athenágoras. Aquel encuentro de ellos, hace ya cincuenta años, en la Santa Ciudad, cambió la dirección del curso de la historia; los paralelos y algunas veces enfrentados caminos de nuestras Iglesias se encontraron en la visión común del descubrimiento de la pérdida de su unidad, el amor congelado ha vuelto a inflamarse y fue acelerada nuestra voluntad de hacer todo lo que esté de nuestra parte para que de nuevo se edifique nuestra comunión en la misma fe y en el Cáliz común. Desde entonces se abrió la vía de Emmaús, vía probablemente larga y algunas veces escabrosa, pero sin retorno, invisiblemente caminando junto con nosotros el Señor, hasta que Él se nos revele "en el partir el pan".


Esta vía la han seguido desde entonces y la siguen todos los sucesores de estos inspirados jefes, instituyendo, bendiciendo y apoyando el diálogo de la caridad y de la verdad entre nuestras Iglesias para la elevación de los obstáculos acumulados por un milenio completo en las relaciones entre ellas, diálogo entre hermanos y no, como antiguamente, de adversarios, precisando con toda franqueza la palabra de la verdad, pero también respetándose recíprocamente como hermanos.


Dentro de este clima del camino común trazado por nuestros mencionados predecesores, os acogemos hoy también, Santísimo Hermano, como portador del amor del Apóstol Pedro a su hermano el Apóstol Andrés, el Primer Llamado, cuya memoria sagrada solemnemente celebramos hoy. Según costumbre sagrada, instituida y observada ya desde décadas por parte de las Iglesias de la Antigua y Nueva Roma, representaciones oficiales de ambas intercambian visitas durante la fiesta patronal de cada una de ellas, para que también a través este modo sea demostrada la hermandad carnal de los dos corifeos Apóstoles, que de común han conocido a Jesús y han creído en Él como Dios y Salvador. Esta común fe la han transmitido a las Iglesias que han fundado con su predicación y han santificado con su martirio. Esta fe han vivido y han dogmatizado los Padres comunes de nuestras Iglesias, reunidos desde oriente y occidente en Concilios Ecuménicos, heredándola en nuestras Iglesias como fundamento inquebrantable de nuestra unidad. Esta fe, que hemos conservado en común en el oriente y en el occidente por un milenio, somos llamados nuevamente a ponerla como base de nuestra unidad, de modo que "manteneos unánimes y concordes" avanzamos junto con Pablo adelante "olvidando lo que queda atrás y lanzando hacia lo que está por delante".


Porque en verdad, Santísimo Hermano, nuestra obligación no se limita en el pasado, sino que se extiende sobre todo y, especialmente en nuestros días, en el futuro. Porque, ¿para qué vale nuestra fidelidad al pasado, si esto nada significa para el futuro? ¿Qué utilidad tiene nuestro orgullo por todo que hemos recibido, si todo esto no se traduce en vida para el hombre y el mundo de hoy y del mañana? "Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre", y su Iglesia viene llamada a tener su visión dirigida no tanto al ayer, sino al hoy y al mañana. La Iglesia existe por el mundo y por el hombre y no por sí misma.


Nuestra visión dirigida al hoy no puede evitar nuestra agonía también para el mañana. "Luchas por fuera, temores por dentro". Esta comprobación del Apóstol para su época, vale integra hoy también para nosotros. Porque, mientras todo el tiempo que nos ocupamos con nuestras contradicciones, el mundo vive el temor de la supervivencia, la agonía del mañana. ¿Cómo puede sobrevivir mañana una humanidad afligida hoy por muchas divisiones, conflictos y enemistades, muchas veces también en el nombre de Dios? ¿Cómo será repartida la riqueza de la tierra más justamente de modo que no viva mañana la humanidad una esclavitud más horrible, que jamás conoció antes? ¿Qué planeta encontrarán las próximas generaciones para habitar, si el hombre moderno con su avidez lo destruye cruel e irremediablemente?


Muchos ponen hoy sus esperanzas en la ciencia; otros en la política; otros en la tecnología. Pero ninguna de estas puede garantizar el futuro si el hombre no adopta la llamada de la reconciliación, del amor y de la justicia; la llamada de la aceptación del otro, del diferente, aún también del enemigo. La Iglesia de Cristo, que es la primera que ha enseñado y ha vivido esta predicación, debe aplicarla en primer lugar para sí misma "para que el mundo crea". He aquí el por qué urge como jamás en otro tiempo el camino hacia la unidad de los que invocan el nombre del gran Pacificador. He aquí el por qué la responsabilidad de nosotros los cristianos es grande frente a Dios, a la humanidad y a la historia.


Santidad,


En el todavía breve recorrido a la cabeza de vuestra Iglesia os habéis mostrado ya en la conciencia de nuestros contemporáneos como predicador del amor, de la paz y de la reconciliación. Predicáis con vuestras palabras, pero sobre todo y principalmente con vuestra simplicidad, humanidad y amor hacia todos, con los cuales ejercitáis vuestro alto ministerio. Inspiráis confianza en los desconfiados, esperanza en los desesperados, expectación en aquellos que esperan una Iglesia afectuosa para todos. Además ofrecéis a vuestros hermanos Ortodoxos la esperanza que en vuestros días el acercamiento de nuestras dos grandes y antiguas Iglesias se continuará basándose sobre los firmes fundamentos de nuestra común tradición, la cual desde siempre observada y reconocía dentro de la estructura de la Iglesia un primado de amor, honor y servicio en el ámbito de la sinodalidad, de modo que "con una boca y un corazón" viene confesado Dios Trino y derramado Su amor por el mundo.


Santidad,


La Iglesia de la Ciudad de Constantino que por primera vez os acoge hoy con mucho amor y honor, como también con profundo reconocimiento, lleva en sus hombros una pesada herencia, como también una responsabilidad tanto para el presente como para el futuro. En esta Iglesia la Divina Providencia ha puesto, a través del orden instituido por parte de los sagrados Concilios Ecuménicos, la responsabilidad de la coordinación y de la expresión del consenso de las Santísimas Iglesias Ortodoxas locales. Dentro de esta responsabilidad trabajamos ya intensamente para la preparación del Santo y Gran Concilio de la Iglesia Ortodoxa, que se decidió fuera convocado aquí, con la benevolencia de Dios, dentro el año 2016. Las comisiones responsables trabajan ya febrilmente para la preparación de este gran evento en la historia de la Iglesia Ortodoxa, por el éxito del cual pedimos también vuestras oraciones. Desgraciadamente, la comunión eucarística entre nuestras Iglesias, rota desde hace mil años, no permite todavía la constitución de un común Gran y Ecuménico Concilio. Rezamos que una vez restablecida la plena comunión entre ellas no tarde en resurgir también este gran e ilustre día. Hasta aquel bendito día, la participación de cada una de nuestras Iglesias en la vida sinodal de la otra será mostrada con el envío de observadores, como ya sucede, por medio de vuestra gentil invitación, durante los Sínodos de vuestra Iglesia, y como, esperamos, que sucederá también durante la realización, con la ayuda de Dios, del nuestro Santo y Gran Concilio.


Santidad,


Los problemas que la coincidencia histórica levanta hoy frente a nuestras Iglesias nos imponen que superaremos el girar en torno nosotros mismos, para afrontarlos con la más estrecha colaboración posible. Los modernos perseguidores de los cristianos no preguntan a qué Iglesia pertenecen sus víctimas. La unidad, por la cual nos comprometemos, se realiza ya en algunas regiones, desgraciadamente, a través del matririo. Tendamos en común la mano al hombre moderno, la mano del único que puede salvarlo a través Su Cruz y Su Resurrección.


Con estos pensamientos y sentimientos expresamos también ahora la alegría por la presencia entre nosotros de Vuestra Santidad, agradeciéndola y rezando al Señor que por las intercesiones del celebrado hoy, el Apóstol Primer Llamado y de su hermano en carne Pedro Protocorifeo, proteja Su Iglesia y la conduzca al cumplimiento de Su santa voluntad.


¡Bienvenido entre nosotros, muy querido Hermano!


ESTAMBUL, 30 Nov. 14 (ACI).- Este domingo, en el último día de su visita a Turquía, el Papa Francisco participó en la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, junto al Patriarca Ecuménico, Bartolomé, quien en su discurso expresó su deseo de lograr la ansiada unidad de los cristianos y agradeció la labor desempeñada por el Santo Padre para alcanzar este objetivo común.

A continuación el discurso completo del Patriarca Bartolomé:


Santísimo y amado Hermano en Cristo, Francisco, Obispo de Roma,


Gloria y alabanza damos a nuestro Dios Trino que nos ha concedido la alegría inexpresable y el honor particular de la presencia personal de Vuestra Santidad, durante el festejo de este año de la memoria sagrada del fundador, a través de su predicación, de nuestra Iglesia, el Apóstol Andrés el Primer Llamado. Agradecemos cordialmente a Vuestra Santidad el precioso don de su bendita presencia entre nosotros, junto con su venerable Séquito. Con amor profundo y gran honor os abrazamos dirigiéndoos el cordial abrazo de la paz y del amor: "Gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo". "Porque nos apremia el amor de Cristo".


Todavía conservamos fresco en nuestro corazón el recuerdo de nuestro encuentro con Vuestra Santidad en la Tierra Santa en común peregrinaje piadoso al lugar donde nació, vivió, enseñó, padeció, resucitó y ascendió, allí donde estuvo antes, la Cabeza de nuestra fe, así como también el agradecido recuerdo del evento histórico del encuentro allí de nuestros inolvidables predecesores el Papa Pablo VI y el Patriarca Ecuménico Athenágoras. Aquel encuentro de ellos, hace ya cincuenta años, en la Santa Ciudad, cambió la dirección del curso de la historia; los paralelos y algunas veces enfrentados caminos de nuestras Iglesias se encontraron en la visión común del descubrimiento de la pérdida de su unidad, el amor congelado ha vuelto a inflamarse y fue acelerada nuestra voluntad de hacer todo lo que esté de nuestra parte para que de nuevo se edifique nuestra comunión en la misma fe y en el Cáliz común. Desde entonces se abrió la vía de Emmaús, vía probablemente larga y algunas veces escabrosa, pero sin retorno, invisiblemente caminando junto con nosotros el Señor, hasta que Él se nos revele "en el partir el pan".


Esta vía la han seguido desde entonces y la siguen todos los sucesores de estos inspirados jefes, instituyendo, bendiciendo y apoyando el diálogo de la caridad y de la verdad entre nuestras Iglesias para la elevación de los obstáculos acumulados por un milenio completo en las relaciones entre ellas, diálogo entre hermanos y no, como antiguamente, de adversarios, precisando con toda franqueza la palabra de la verdad, pero también respetándose recíprocamente como hermanos.


Dentro de este clima del camino común trazado por nuestros mencionados predecesores, os acogemos hoy también, Santísimo Hermano, como portador del amor del Apóstol Pedro a su hermano el Apóstol Andrés, el Primer Llamado, cuya memoria sagrada solemnemente celebramos hoy. Según costumbre sagrada, instituida y observada ya desde décadas por parte de las Iglesias de la Antigua y Nueva Roma, representaciones oficiales de ambas intercambian visitas durante la fiesta patronal de cada una de ellas, para que también a través este modo sea demostrada la hermandad carnal de los dos corifeos Apóstoles, que de común han conocido a Jesús y han creído en Él como Dios y Salvador. Esta común fe la han transmitido a las Iglesias que han fundado con su predicación y han santificado con su martirio. Esta fe han vivido y han dogmatizado los Padres comunes de nuestras Iglesias, reunidos desde oriente y occidente en Concilios Ecuménicos, heredándola en nuestras Iglesias como fundamento inquebrantable de nuestra unidad. Esta fe, que hemos conservado en común en el oriente y en el occidente por un milenio, somos llamados nuevamente a ponerla como base de nuestra unidad, de modo que "manteneos unánimes y concordes" avanzamos junto con Pablo adelante "olvidando lo que queda atrás y lanzando hacia lo que está por delante".


Porque en verdad, Santísimo Hermano, nuestra obligación no se limita en el pasado, sino que se extiende sobre todo y, especialmente en nuestros días, en el futuro. Porque, ¿para qué vale nuestra fidelidad al pasado, si esto nada significa para el futuro? ¿Qué utilidad tiene nuestro orgullo por todo que hemos recibido, si todo esto no se traduce en vida para el hombre y el mundo de hoy y del mañana? "Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre", y su Iglesia viene llamada a tener su visión dirigida no tanto al ayer, sino al hoy y al mañana. La Iglesia existe por el mundo y por el hombre y no por sí misma.


Nuestra visión dirigida al hoy no puede evitar nuestra agonía también para el mañana. "Luchas por fuera, temores por dentro". Esta comprobación del Apóstol para su época, vale integra hoy también para nosotros. Porque, mientras todo el tiempo que nos ocupamos con nuestras contradicciones, el mundo vive el temor de la supervivencia, la agonía del mañana. ¿Cómo puede sobrevivir mañana una humanidad afligida hoy por muchas divisiones, conflictos y enemistades, muchas veces también en el nombre de Dios? ¿Cómo será repartida la riqueza de la tierra más justamente de modo que no viva mañana la humanidad una esclavitud más horrible, que jamás conoció antes? ¿Qué planeta encontrarán las próximas generaciones para habitar, si el hombre moderno con su avidez lo destruye cruel e irremediablemente?


Muchos ponen hoy sus esperanzas en la ciencia; otros en la política; otros en la tecnología. Pero ninguna de estas puede garantizar el futuro si el hombre no adopta la llamada de la reconciliación, del amor y de la justicia; la llamada de la aceptación del otro, del diferente, aún también del enemigo. La Iglesia de Cristo, que es la primera que ha enseñado y ha vivido esta predicación, debe aplicarla en primer lugar para sí misma "para que el mundo crea". He aquí el por qué urge como jamás en otro tiempo el camino hacia la unidad de los que invocan el nombre del gran Pacificador. He aquí el por qué la responsabilidad de nosotros los cristianos es grande frente a Dios, a la humanidad y a la historia.


Santidad,


En el todavía breve recorrido a la cabeza de vuestra Iglesia os habéis mostrado ya en la conciencia de nuestros contemporáneos como predicador del amor, de la paz y de la reconciliación. Predicáis con vuestras palabras, pero sobre todo y principalmente con vuestra simplicidad, humanidad y amor hacia todos, con los cuales ejercitáis vuestro alto ministerio. Inspiráis confianza en los desconfiados, esperanza en los desesperados, expectación en aquellos que esperan una Iglesia afectuosa para todos. Además ofrecéis a vuestros hermanos Ortodoxos la esperanza que en vuestros días el acercamiento de nuestras dos grandes y antiguas Iglesias se continuará basándose sobre los firmes fundamentos de nuestra común tradición, la cual desde siempre observada y reconocía dentro de la estructura de la Iglesia un primado de amor, honor y servicio en el ámbito de la sinodalidad, de modo que "con una boca y un corazón" viene confesado Dios Trino y derramado Su amor por el mundo.


Santidad,


La Iglesia de la Ciudad de Constantino que por primera vez os acoge hoy con mucho amor y honor, como también con profundo reconocimiento, lleva en sus hombros una pesada herencia, como también una responsabilidad tanto para el presente como para el futuro. En esta Iglesia la Divina Providencia ha puesto, a través del orden instituido por parte de los sagrados Concilios Ecuménicos, la responsabilidad de la coordinación y de la expresión del consenso de las Santísimas Iglesias Ortodoxas locales. Dentro de esta responsabilidad trabajamos ya intensamente para la preparación del Santo y Gran Concilio de la Iglesia Ortodoxa, que se decidió fuera convocado aquí, con la benevolencia de Dios, dentro el año 2016. Las comisiones responsables trabajan ya febrilmente para la preparación de este gran evento en la historia de la Iglesia Ortodoxa, por el éxito del cual pedimos también vuestras oraciones. Desgraciadamente, la comunión eucarística entre nuestras Iglesias, rota desde hace mil años, no permite todavía la constitución de un común Gran y Ecuménico Concilio. Rezamos que una vez restablecida la plena comunión entre ellas no tarde en resurgir también este gran e ilustre día. Hasta aquel bendito día, la participación de cada una de nuestras Iglesias en la vida sinodal de la otra será mostrada con el envío de observadores, como ya sucede, por medio de vuestra gentil invitación, durante los Sínodos de vuestra Iglesia, y como, esperamos, que sucederá también durante la realización, con la ayuda de Dios, del nuestro Santo y Gran Concilio.


Santidad,


Los problemas que la coincidencia histórica levanta hoy frente a nuestras Iglesias nos imponen que superaremos el girar en torno nosotros mismos, para afrontarlos con la más estrecha colaboración posible. Los modernos perseguidores de los cristianos no preguntan a qué Iglesia pertenecen sus víctimas. La unidad, por la cual nos comprometemos, se realiza ya en algunas regiones, desgraciadamente, a través del matririo. Tendamos en común la mano al hombre moderno, la mano del único que puede salvarlo a través Su Cruz y Su Resurrección.


Con estos pensamientos y sentimientos expresamos también ahora la alegría por la presencia entre nosotros de Vuestra Santidad, agradeciéndola y rezando al Señor que por las intercesiones del celebrado hoy, el Apóstol Primer Llamado y de su hermano en carne Pedro Protocorifeo, proteja Su Iglesia y la conduzca al cumplimiento de Su santa voluntad.


¡Bienvenido entre nosotros, muy querido Hermano!


ESTAMBUL, 29 Nov. 14 (ACI/EWTN Noticias).- El encuentro entre el Papa Francisco y el Patriarca Bartolomé debería dar una agenda concreta hacia la unidad de los cristianos, afirmó un experto dominico que lleva más de once años viviendo en Estambul (Turquía).

“Confío en que algo más llegará en estos dos días en los cuales el Papa Francisco y el Patriarca se reunirán. Siento que estos dos días de reuniones” hará que “teólogos y expertos jurídicos y canónicos se comprometan en una agenda real para alcanzar la unidad”, dijo el P. Alberto Ambrosio, vicepresidente de la Unión de Religiosos de Turquía y profesor de la Universidad de Lorraine (Francia). El sacerdote ha desarrollado un profundo conocimiento de Turquía, al cual ha dedicado algunos de sus libros.


El P. Ambrosio ha subrayado que el diálogo ecuménico ha llegado al punto de que “ahora algún paso concreto debe llevarse a cabo”, de lo contrario, “esta reunión sería solo una reunión como otras: Tendría algún gran significado simbólico, lo cual es valorable, pero no un real impacto”.


El sacerdote dominico espera que la visita del Papa Francisco “fomentará a la comunidad cristiana a comprometerse en los tres principales desafíos”.


El primero, indicó, es “la cohesión interna” entre los católicos. “Los católicos son una muy estrecha minoría y es necesario un gran esfuerzo para llevar adelante algunas cosas básicas”, señaló. Explicó que aquellos esfuerzos realizados con poco impacto hacen que la gente se canse, “especialmente para seguir trabajando dentro de sus propia comunidad”.


El segundo reto es el fomento del diálogo ecuménico. El P. Ambrosio confió en que “la estimulación del Papa Francisco fomentará un camino compartido entre la comunidad cristiana”.


“Necesitamos colaborar más. Hay realmente bastante que hacer, pero por otro lado estamos lejos de una real colaboración ecuménica, y podemos pensar en muchas otras cosas que hay que poner en acción”, indicó.


El sacerdote destacó luego la necesidad de un esfuerzo político renovado. “Después de esta reunión histórica, las minorías cristianas –también por su importancia histórica en esta tierra-, debe ser más amada y dejada libre para llevar adelante su trabajo sobre el terreno, e incluso recibir ayuda financiera para el apoyo que estas iglesias dan a los refugiados”, indicó.


Por el momento, el Patriarca Bartolomé está trabajando en organizar el Sínodo Pan-ortodoxo, es decir, el primer acercamiento de todas las confesiones ortodoxas, programada para el 2016.


El P. Ambrosio dije que el 2016 “puede ser un año muy importante para el ecumenismo”, pues la cuestión “de un calendario concreto para la unidad debería ser puesto en discusión en el Sínodo Pan-ortodoxo. De esta manera, Bartolomé puede realmente llevar con éxito a su Iglesia a la unidad”, a pesar de las resistencias internas en el mundo ortodoxo, especialmente desde la Iglesia Ortodoxa Rusa.


Sin embargo, concluyó, “este es el tiempo cuando podemos realmente encontrar un nuevo camino a la unidad, con pasos concretos. Es algo inevitable: Jesús nos pidió eso”.


MADRID, 29 Nov. 14 (ACI/EWTN Noticias).- Tras la manifestación ‘Cada vida importa. Por la vida, la mujer y la maternidad’, el presidente del Foro Español de la Familia, Benigno Blanco ha hecho un llamamiento al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, para que “nos reciba en nombre de los miles de manifestantes para poder explicarle en persona lo que se reivindicó en la calle de Madrid el sábado 22 y para escuchar en su caso, lo que tenga que decirnos el presidente”.

“Recuerdo que en el año 2005 en la manifestación convocada por CONCAPA en la que reivindicábamos la libertad de educación ante la reforma educativa, el señor Zapatero nos recibió en Moncloa. Luego no nos hizo ni caso, pero nos recibió y nos escuchó”, ha declarado Blanco y ha precisado que espera que “el presidente Rajoy de ese mismo tratamiento a los manifestantes del 22N y que nos escuche lo que tenemos que decirle cara a cara”.


Benigno Blanco también ha declarado que desde el Foro Español de la Familia van a interponer un recurso “primero en vía administrativa y luego si es necesario vía contenciosa administrativa para exigir que el Consejo de Ministros adopte una resolución motivada en la que deje por escrito que se retira la reforma de la ley del aborto”.


El pasado mes de diciembre de 2013 el Consejo de Ministros acordó, en un acuerdo oficial de consejo de ministros por escrito, aprobar el anteproyecto de reforma de la ley del aborto. “Ese acuerdo no ha sido revocado. Solo tenemos una palabra del presidente del gobierno, que no es el Consejo de Ministros aunque lo presida, diciendo que lo va a retirar”, ha explicado Blanco y ha subrayado que “tenemos derecho como ciudadanos a conocer los motivos por los que el Consejo de Ministros ha decidido retirar este anteproyecto de ley”.


Blanco ha explicado que el Derecho de la Unión Europea concede a los ciudadanos el ‘derecho de recurso en materia de inacción de las autoridades administrativas’ porque, según ha explicado, “considera que tenemos derecho a conocer los motivos por los que actúan los poderes públicos y esto también puede aplicarse en España”.


De esta manera ha subrayado que quiere “saber con certeza y por escrito”.


El presidente del Foro español de la Familia también ha recordado que el Tribunal Constitucional “tiene pendiente desde el año 2010 resolver el recurso que el propio Partido Popular interpuso contra la vigente ley Aído”.


“No podemos entender por qué el Tribunal Constitucional no le da urgencia que merece a un recurso en el que están en juego vidas humanas”, ha declarado Blanco.


Además ha manifestado que tampoco puede entender que el Tribunal Constitucional “subordine a calendarios de conveniencia política el decidir sobre un tema tan sustancial, sin subordinar su calendario al servilismo político y los intereses de los gobernantes”.


Blanco también considera insuficiente y que no les “convence ni satisface” las alternativas que el Gobierno ha dado tras la derogación de la reforma de la ley del aborto: “Con ese plan de la familia no se satisfacen las reivindicaciones que hicimos el pasado 22 N”.


“Un plan de ayuda para la familia, es insuficiente. Un plan es un papel que no comporta derechos ni obligaciones para las mujeres embarazadas ni obligaciones para las administraciones públicas, tampoco supone compromisos presupuestarios”, ha afirmado.


En ese sentido Blanco ha recodado que “en el programa del PP además del compromiso de reforma de la ley del aborto estaba también la aprobación de la ley de protección a la maternidad. No es lo mismo la ley que un plan, que es un papel, pero una ley genera derechos y obligaciones.


El presidente del Foro Español de la Familia ha manifestado la intención de que si el gobierno no revoca su decisión en relación con la ley del aborto las asociaciones pro vida y pro familia de España volverán a manifestarse el próximo 14 de marzo porque según ha afirmado “no podemos acostumbrarnos al aborto y no acaba con la manifestación del 22N, sino que empieza algo que tendrá una continuidad, hasta al 14 de marzo y si procede más allá también”.


ESTAMBUL, 29 Nov. 14 (ACI/EWTN Noticias).- Ser cristiano en un país donde la mayoría de la población es musulmana puede ser difícil, pero también una bendición. Así lo asegura el sacerdote mexicano Rubén Tierrablanca González, un fraile franciscano que sirve desde hace 11 años en la parroquia de Santa María Draperis de Estambul, en Turquía.

“Somos una minoría dentro de la minoría religiosa. De los cristianos, que son unos 100 mil en Turquía, el 65 por ciento sor armenios, y los católicos están representados por solo 25 mil. Vivir en Turquía como cristiano es una gracia y un gran reto. Gracia porque estamos en la raíz de la Iglesia y la presencia de los cristianos es importante, dado que Dios mismo ha querido que su Iglesia se desarrollara aquí. Y un desafío porque se ha descristianizado, en el sentido de población, somos pocos”, explicó el P. Tierrablanca en declaraciones a ACI Prensa el 27 de noviembre desde Estambul.


Con 34 años de sacerdocio y 44 como religioso, el P. Tierrablanca es actualmente el responsable internacional de la fraternidad de los Hermanos Menores en Estambul, quienes se dedican al diálogo ecuménico e interreligioso en Turquía.


“Las relaciones con los cristianos de las Iglesias orientales son muy buenas, y van en aumento, hay que crear confianza y amistad entre nosotros, hay que crear unidad en la fe, en un mismo encuentro, si fuera posible Eucarístico. Es más esperanzador”, aseguró.


Desde el año 2003, los franciscanos buscan caminos de diálogo y celebran anualmente un simposio de dos días con temas comunes entre las religiones. “Todos buscamos a Dios”, afirmó.


Para el P. Tierrablanca los cristianos “estamos llamados a dar un testimonio auténtico, creíble”. “Cuando hay estas diversidades de religiones, la nuestra ¿qué dice a los demás y al mundo? Vivir la fe cristiana en medio a los musulmanes nos exige una purificación de la fe, madurez y apertura a los demás, a hacer una vida cristiana auténticamente evangélica. A eso estamos llamados y tratamos de ser creativos para responder a este desafío. Si hemos de ponernos en contacto con los musulmanes tenemos que darles un testimonio cristiano, y eso nos ayuda a ser mejores cristianos, a crecer en nuestra fe”.


A la cuestión de cómo debería afrontar un cristiano la amenaza del terrorismo islámico, el sacerdote lo tiene claro: “Con la vida. ¿Qué podemos hacer nosotros? Vivir nuestra vida cristiana. Si nosotros damos muestras de apertura, amistad, relación, con nuestros hermanos –hemos de llamarlos hermanos porque son hijos del mismo Dios-, nos encontramos con amabilidad. Les ofrecemos nuestra amistad, ellos nos ofrecen la suya, y juntos caminamos, ese es un desafío pero una gracia de tener buenos amigos musulmanes y poder decir ‘es posible’”.


El P. Tierrablanca afirma que gracias a la visita del Papa Francisco al país, las relaciones con nuestros hermanos musulmanes “pueden cambiar, pero no se debe esperar un resultado inmediato”.


El sacerdote mexicano explica que la visita del Papa Francisco “nos confirma como pastor en nuestra fe y nos estimula a mantener la esperanza”.


Los cristianos llegaron a Turquía hace dos mil años, antes que los musulmanes. Asia Menor, actualmente el territorio de Turquía, es el territorio del inicio de la Iglesia. Las Iglesias primitivas se fundaron en Turquía a partir de la predicación apostólica de Juan en Éfeso, Felipe en Irápolis, o Andrés apóstol, quien es considerado el evangelizador de este territorio, la antigua Trasia.


Actualmente, aunque los fieles cristianos son una minoría en el país, pueden vivir en paz, ya que el Islam no está radicalizado. “La convivencia es más accesible, de modo que los cristianos en Turquía con los musulmanes, juntos, podemos dar un ejemplo de que es posible la convivencia pacífica con las religiones”, concluyó el sacerdote.


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